¿PODEMOS DECIR LA VERDAD Y SEGUIR TENIENDO AMIGOS?
Siempre he admirado a las personas que dicen exactamente lo que piensan. Entran a una conversación, expresan su opinión con absoluta seguridad y después continúan con su día como si no acabaran de provocar una crisis diplomática.
Yo, en cambio, puedo pasar horas pensando si debo decir algo, cómo decirlo, cuándo decirlo y qué cara poner mientras lo digo. Para cuando finalmente me decido, el tema ya pasó, la otra persona ya se fue y yo sigo ensayando mentalmente una conversación perfecta que probablemente nunca sucederá.
Decir lo que realmente pensamos es importante. Nos permite defender nuestras ideas, poner límites, expresar desacuerdos y dejar de vivir diciendo "como tú quieras" cuando, evidentemente, no queremos.
El problema es que existe una línea muy delgada entre ser sincera y utilizar la sinceridad como arma.
Hay personas que dicen: "Yo soy muy directa", cuando en realidad quieren decir: "Voy a decirte algo desagradable y no pienso hacerme responsable de cómo te haga sentir".
Ser honesta no significa decir todo lo que me pasa por la cabeza en el momento exacto en que aparece. Mi mente produce opiniones constantemente y, siendo completamente sincera, algunas deberían permanecer ahí, bajo estricta supervisión.
La clave está en encontrar el equilibrio entre respetar lo que pienso y respetar a la persona que tengo enfrente.
Porque callarme siempre para evitar problemas tampoco funciona. Lo que no digo no desaparece. Se acumula, se transforma en molestia y finalmente sale en el peor momento posible, generalmente durante una discusión que comenzó por algo tan inocente como quién dejó una taza en la mesa.
Entonces una termina diciendo: "No es por la taza". Y todos sabemos que nunca es por la taza.
Aprender a expresarme implica preguntarme qué quiero conseguir con mis palabras. ¿Quiero resolver algo, hacerme entender, establecer un límite o simplemente descargar mi enojo sobre alguien?
No es lo mismo decir: "Esto que hiciste me hizo sentir mal", que decir: "Tú siempre me haces sentir mal". La primera frase abre una conversación. La segunda abre la puerta para una pelea, tres reclamos antiguos y, posiblemente, la intervención de familiares que no tenían nada que ver.
También importa el momento. Algunas verdades necesitan decirse, pero no necesariamente frente a veinte personas, durante una comida familiar o cinco minutos antes de que alguien suba a un avión.
La honestidad sin empatía puede convertirse en crueldad. Pero la empatía sin honestidad también puede convertirse en una forma de abandono, porque al ocultar constantemente lo que pensamos impedimos que nuestras relaciones sean auténticas.
Yo estoy intentando aprender a hablar con claridad sin sentir que debo pedir perdón por tener una opinión. Pero también estoy aprendiendo a detenerme antes de hablar y preguntarme si mis palabras son necesarias, si son oportunas y si existe una manera más amable de decirlas.
A veces eso significa respirar, ordenar mis ideas y esperar a que se me quite la tentación de comenzar la conversación con: "Mira, te voy a decir algo porque alguien tiene que hacerlo".
Decir lo que pensamos puede meternos en problemas, sí. Pero callarnos permanentemente también.
El verdadero valor no está en hablar sin filtros, sino en saber expresar nuestras verdades con respeto. Defender lo que sentimos sin aplastar lo que siente el otro. Ser firmes sin ser hirientes y amables sin volvernos invisibles.
Al final, no se trata de elegir entre ser sincera o ser considerada. Se trata de entender que la mejor comunicación necesita las dos cosas.
Porque podemos decir casi cualquier verdad, siempre que recordemos que del otro lado no hay un enemigo: hay una persona. Y probablemente también está ensayando mentalmente lo que quiere respondernos.
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