La frase "empezar de nuevo" suena preciosa cuando aparece escrita sobre una fotografía de un amanecer. En la vida real, puede dar muchísimo miedo. Porque empezar otra vez significa aceptar que algo terminó, cambió o simplemente no funcionó como imaginábamos. Puede ser un trabajo, una relación, una ciudad, un proyecto, una rutina o incluso una forma de vernos a nosotras mismas.
Y aunque sepamos que necesitamos movernos, existe una parte que pregunta: "¿Y si me quedo aquí? Por lo menos ya conozco este lugar". Tenemos una extraña habilidad para preferir incomodidades conocidas sobre incertidumbres nuevas. Lo conocido, incluso cuando ya no nos hace felices, ofrece una sensación de seguridad. Sabemos cómo funciona, qué esperar, cuáles son sus problemas y hasta dónde nos duele. Lo nuevo, en cambio, no trae instrucciones.
Empezar otra vez significa volver a no saber. No saber si va a funcionar, si tomamos la decisión correcta o si vamos a arrepentirnos. Y eso asusta. A veces seguimos en lugares que ya no nos corresponden simplemente porque hemos invertido demasiado tiempo ahí. Pensamos: "Después de tantos años, ¿cómo voy a dejarlo?", como si el tiempo invertido fuera una obligación para seguir invirtiendo todavía más.
Nos cuesta aceptar que algo puede haber sido correcto durante muchos años y dejar de serlo después. Porque no todo lo que termina fue un error. Hay relaciones, trabajos, amistades, proyectos e incluso versiones de nosotras mismas que cumplieron perfectamente su función durante una etapa. Nos enseñaron, nos acompañaron, nos hicieron crecer. Pero eso no significa que tengan que durar para siempre. A veces cerrar una puerta no significa arrepentirnos de haberla abierto; significa reconocer que ya cruzamos todo lo que teníamos que cruzar.
También nos asusta lo que puedan pensar los demás. Porque comenzar de nuevo muchas veces viene acompañado de preguntas como: "¿Pero por qué?", "¿Estás segura?" o "¿A estas alturas?". Y esa última frase me parece particularmente peligrosa. ¿A qué alturas exactamente? ¿Quién decidió que existe una edad límite para cambiar de opinión, empezar un proyecto, estudiar algo nuevo, enamorarse, mudarse, cambiar de profesión, descubrir una pasión o simplemente decidir que queremos vivir de otra manera?
Parece que durante ciertos años tenemos permiso para equivocarnos, experimentar y reinventarnos, y después debemos quedarnos exactamente como estamos para no confundir a nadie. Qué aburrido. He aprendido que empezar de nuevo no significa comenzar desde cero. Nunca volvemos realmente a cero. Llegamos con experiencia, con cicatrices, con errores ya cometidos, con mejores preguntas y con una idea más clara de lo que queremos y, muchas veces, con una lista bastante precisa de lo que definitivamente no queremos volver a aceptar.
Cuando comenzamos algo por segunda, tercera o quinta vez llevamos equipaje, pero no todo el equipaje es malo. También llevamos herramientas. Llevamos esa intuición que antes no teníamos, esa capacidad de reconocer ciertas señales y esa seguridad que se construyó precisamente después de equivocarnos. Por eso, aunque a veces sentimos que estamos retrocediendo, muchas veces estamos empezando desde un lugar mucho más avanzado.
Hay momentos en los que insistir es valentía. Pero también hay momentos en los que insistir se convierte en miedo disfrazado de perseverancia. Nos convencemos de que tenemos que aguantar un poco más, intentar otra vez, dar otra oportunidad, esperar un poquito. Y quizá sí. Pero también necesitamos preguntarnos: "¿Sigo aquí porque todavía creo en esto o porque me da miedo descubrir qué viene después?".
No quiero romantizar los nuevos comienzos. Cerrar ciclos puede doler muchísimo. Incluso cuando sabemos racionalmente que algo debe terminar, emocionalmente podemos seguir queriendo que funcione. Podemos extrañar lo que dejamos atrás, dudar y tener días en los que pensamos que cometimos un error. Y eso no significa necesariamente que la decisión haya sido incorrecta. A veces significa simplemente que despedirse duele. Podemos saber que una puerta debe cerrarse y, aun así, llorar mientras la cerramos.
Una etapa que termina tampoco borra lo que aprendimos dentro de ella. Nada vivido se desperdicia si somos capaces de recoger algo de ahí. Los años invertidos no desaparecen, las experiencias permanecen y las personas que fuimos también permanecen, de alguna manera, dentro de la mujer en la que nos estamos convirtiendo.
Me gusta pensar que tenemos permiso para reinventarnos muchas veces. No tenemos que seguir siendo la mujer que éramos a los veinte, treinta, cuarenta o cincuenta únicamente porque llevamos muchos años construyéndola. Qué presión imaginar que debemos escoger una versión definitiva de nosotras mismas y conservarla para siempre.
Yo hoy pienso cosas que hace diez años no pensaba. Quiero cosas que antes no quería. Hay cosas que antes me preocupaban muchísimo y hoy me parecen irrelevantes. Y seguramente dentro de algunos años volveré a cambiar. Eso no es inestabilidad. Es vida.
Tenemos derecho a descubrir nuevos intereses, cambiar prioridades, modificar planes y reconocer que nuestros sueños también pueden transformarse. Quizá al principio sintamos que estamos llegando tarde. Pero ¿tarde con respecto a quién? Siempre habrá alguien que empezó antes, alguien que a nuestra edad ya hizo aquello que apenas estamos considerando. Pero también habrá personas que nunca se atrevieron.
No existe una agenda universal que diga a qué edad debemos haber terminado de convertirnos en nosotras mismas. Por suerte. Y hay algo más que he aprendido: muchas veces no necesitamos tener todo el siguiente camino claro para dar el primer paso. Queremos garantías. Queremos saber que la nueva decisión funcionará antes de abandonar la anterior. Nos encantaría que la vida ofreciera una prueba gratuita de treinta días con opción de regresar al plan anterior si no quedamos satisfechas.
Desafortunadamente, no funciona así. A veces únicamente podemos saber que donde estamos ya no queremos permanecer, y eso puede ser suficiente para comenzar a movernos.
La verdad, les confieso, yo espero seguir cambiando. Espero seguir empezando cosas y todavía sorprenderme. Quiero llegar a una edad en la que alguien me pregunte: "¿Ahora qué estás haciendo?" y todavía tenga algo nuevo que contestar.
Porque mientras tengamos curiosidad, sueños y ganas de crecer, siempre existirá la posibilidad de un nuevo comienzo. Quizá la verdadera valentía no consiste en no sentir miedo, sino en sentirlo y avanzar de todas formas. Entender que dejar atrás algo conocido puede doler, pero quedarnos para siempre en un lugar que ya no nos hace bien también tiene un costo.
Algunas puertas únicamente se abren después de tener el valor de cerrar otra. Y empezar de nuevo no significa que nuestra historia anterior salió mal. Tal vez esa historia simplemente terminó de enseñarnos lo que tenía que enseñarnos y ahora toca algo distinto: un nuevo capítulo, con más experiencia, algunas cicatrices, menos ingenuidad y, espero, muchísimo más conocimiento de nosotras mismas.
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