Hoy fue el primer día de clases después de las vacaciones de invierno. Y aunque yo ya no tengo hijos en edad escolar, no puedo dejar de pensar en todas aquellas mamás de niños pequeños que hoy vivieron ese sentimiento tan poderoso que yo viví tantos años hace no tanto tiempo atrás.
Ese día tan especial que, curiosamente, no viene marcado como feriado oficial, pero debería. Porque lo que una mamá siente este día… es felicidad pura. De esa que no se disimula, aunque una intente hacerse la fuerte.
No es que no ame a mis hijas. Las amo. Muchísimo. Pero cada año me pasó lo mismo; después de dos semanas (o tres… o un mes eterno) de "mamá, tengo hambre", "mamá, me aburro", "mamá, ¿qué hago ahora?", una empieza a replantearse el concepto del amor incondicional.
Las vacaciones de invierno son maravillosas… en teoría. En la práctica son una combinación perfecta de desorden perpetuo, refri vacío cinco minutos después de llenarlo, y una casa que parece zona de guerra a las 11 de la mañana.
Así que el primer día de clases, cuando suena el despertador, no es un sonido molesto.
Es música celestial. Saltas de la cama con una energía sospechosa, preparas el lunch con una sonrisa genuina y hasta dices frases que no habías pronunciado en semanas como:
"¡Apúrense que vamos tarde!"… pero con alegría.
El momento cumbre llega cuando cierras la puerta de la casa y ves cómo se van a la escuela.
No lloras. No suspiras de tristeza. No te quedas mirando por la ventana con nostalgia.
¡SONRÍES! Sonríes como quien acaba de sobrevivir a una maratón emocional y por fin ve la meta.
Y es entonces cuando sucede la magia. La casa queda en silencio. Un silencio profundo, casi espiritual. Ese silencio donde nadie me llama, nadie me pregunta, nadie necesita un snack urgente.
Solo te sientas y tomas tu café caliente; ¡CALIENTE! Sin recalentar tres veces, sin interrupciones, sin sentir culpa (bueno… solo un poquito).
El primer día de clases no es solo el regreso a la rutina. Es el regreso a nosotras mismas.
A pensar sin ruido, a respirar sin caos, a recordar que, además de mamás, somos personas.
Así que sí, todos y cada uno de los primeros días de clases, fui feliz. Muy feliz. Y todos los días después de ese primer día también lo fui. Simplemente por saberlas en casa, conmigo, queriéndonos y abrazándonos, porque el amor de mamá es infinito… pero el horario escolar también ayuda bastante.
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