La frustración no siempre llega como enojo. A veces se instala en silencio, como una incomodidad persistente, como la sensación de estar dando mucho y recibiendo poco. Aparece cuando la realidad no coincide con lo que anhelamos y, casi sin darnos cuenta, comenzamos a mirarnos a través de la vida de otros.
Ahí nacen los bucles mentales: pensamientos que se repiten, que buscan respuestas pero solo encuentran desgaste.
¿Por qué esa persona sí y a mí no? ¿Qué me falta? La mente se vuelve un espacio estrecho y la comparación se transforma en una forma sutil de abandono propio. La envidia, entonces, no habla del otro; habla de una herida más profunda: la huella del abandono. Esa marca invisible que se activa cuando sentimos que no somos elegidos, que no somos vistos, que algo o alguien nos deja atrás. No siempre tiene que ver con hechos actuales; muchas veces se despierta frente a situaciones que nos recuerdan antiguas ausencias, afectivas o simbólicas. Cuando esa huella se activa, intentamos compensarla buscando reconocimiento, validación o certezas afuera. Y cuanto más las buscamos, más lejos parecen estar. La frustración crece porque, en el fondo, no duele tanto lo que no llega como lo que confirma la vieja sensación de no ser suficientes. Todo parte de ahí: viejas heridas que regresan para recordarnos y hacernos sentir pequeños, muy pequeños.
Todos, en algún momento de la vida, hemos pasado por esa experiencia, quedándonos atrapados en un torbellino de pensamientos negativos y ansiosos. Por eso es importante detenerse, mirarse hacia dentro y permitirse sentir. Indagar cuánto de lo que pensamos es realmente verdad y cuánto es una interpretación atravesada por un dolor. Es crucial ahondar qué desató ese desequilibrio y cómo podemos acompañarnos mejor para salir de ahí.
Es importante no pelear con la emoción y empezar a escucharla. Ver qué parte nuestra se siente sola, qué necesidad no fue sostenida. La forma en que atravesamos la frustración revela cómo nos tratamos cuando más nos necesitamos. Porque no se trata de merecer más que otros, sino de dejar de abandonarnos a nosotros mismos. De aprender a quedarnos, a elegirnos, incluso cuando la comparación aprieta y el deseo duele. Tal vez la salida no esté en alcanzar lo que falta, sino en aprender a sostenernos cuando duele; en quedarnos ahí, sin huir, hasta que el alma afloje y vuelva a respirar.
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