Las que me han leído anteriormente saben que soy mamá de una hija de 24 (que desde que se casó ya es harina de otro costal y es mi compañera la mayor parte de mi día, todos los días) y de una un poco más chica, de 22 años. Hoy voy a hablar en específico de mi relación con la de 22, porque es la que hoy en día me pone literal de cabeza con su ingenio, su carácter y su inteligencia.
Pasé años muy complicados mientras la acompañé en las diferentes etapas de su vida, sobre todo su adolescencia, pero hoy puedo decir, con una mano en el corazón y la otra sosteniendo una taza de café, que sobreviví a esa etapa tan oscura que vivimos todas las mamás, que unos llaman adolescencia y otros llaman "trágame tierra".
Hubo días en los que pensé que no lo lograría, que algún día escribirían en mi lápida: "Aquí yace una mamá que solo quería conversar con su hija y no lo logró". Pero gracias a Dios, esa etapa ya pasó, mi hija creció y hoy tenemos una relación de verdad extraordinaria, cercana y llena de confianza.
Eso sí, y vale la pena aclararlo, de vez en cuando, sin previo aviso y sin explicación científica, mi hija, que ya es adulta, despierta convertida otra vez en esa adolescente de 14 años. Y yo, que ya había archivado ese manual invisible de "cómo hablar sin provocar un drama", tengo que desempolvarlo con urgencia. Porque basta que yo diga algo tan inocente como: "Oye, solo te pregunto…" para que ella escuche algo completamente distinto como: "Estoy invadiendo tu vida, dudando de tus decisiones y arruinando tu existencia."
He aprendido que, con los hijos, tengan la edad que tengan, aunque ya sean adultos responsables de su vida, el problema casi nunca es lo que decimos, sino cómo lo decimos. Si hablo con tono de mamá experta en la vida, la conversación muere antes de empezar. Pero si hablo con calma, humor y dejando claro que no vengo a controlar, hay esperanza. Poca, pero real. También aprendí que, por alguna razón misteriosa, mientras más palabras uso, menos me escuchan. Así que ahora hablo menos, respiro más y me repito mentalmente: "No es una adolescente… no es una adolescente…", aunque a veces no esté tan segura.
Lo más difícil, sin embargo, ha sido aprender a escuchar. Escuchar de verdad. Escuchar sin interrumpir, sin corregir, sin decir "te lo dije", aunque lo haya dicho claramente hace tres meses. Cuando mi hija se desahoga, mi instinto maternal quiere salir corriendo a arreglarle la vida en cinco pasos fáciles. Pero he descubierto que muchas veces ella no quiere soluciones, quiere comprensión… y silencio. Mucho silencio de mi parte.
Y cuando logro hacerlo, cuando escucho sin juzgar y sin convertir la charla en una conferencia, ocurre el milagro: baja la guardia. Ya no tiene 14. Vuelve a ser la mujer fuerte, sensible y capaz que está construyendo su camino. En esos momentos recuerdo que crecer no es una línea recta, es más bien una montaña rusa, y que a veces todos necesitamos volver un poquito atrás para seguir avanzando.
Hoy sé que mi rol como mamá ya no es dirigir su vida, sino acompañarla. Confiar en el trabajo que hice durante tantos años, recordar que todo lo que sembré en los años difíciles sigue ahí, incluso cuando parece escondido, y agradecer. Agradecer a Dios por la relación que tenemos, por lo aprendido y porque, aunque a veces resurja la adolescente, ahora sabemos platicar, resolver y confiar la una en la otra. Porque sí, mi hija tiene 22 años. Y sí, a veces parece que tiene 14. Pero ahora lo enfrentamos con más amor, más humor… y mucha más paciencia que antes.
Por eso hoy estoy acá para ustedes. Si alguna mamá de adolescentes me está leyendo, solo quiero decirle esto: respira. No lo estás haciendo tan mal como crees. No todo silencio es fracaso, ni toda discusión es pérdida. Habla con amor, incluso cuando sientas que no te escuchan, y escucha con el corazón, aunque a veces duela. No intentes tener siempre la razón; intenta no perder la relación. La adolescencia no dura para siempre, aunque en los días difíciles parezca eterna. Un día, casi sin darte cuenta, esa adolescente crecerá… y si hoy siembras paciencia, respeto y amor, mañana cosecharás conversaciones, risas y una relación que valdrá cada esfuerzo. Confía, incluso cuando no veas resultados inmediatos. En unos años estarás aconsejando a otra mamá que acaba de discutir con su adolescente de 14 años.
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