Al igual que muchas de ustedes, yo también crecí pensando que la crianza venía con un gen femenino preinstalado, porque así nos educaron nuestros padres, así lo vimos y así lo vivimos: la mamá a educar a los hijos y a la cocina; el papá a trabajar, porque él era el encargado de proveer. Y entonces la educación de los hijos desde siempre ha recaído en la mamá, como si las mujeres exclusivamente tuviéramos el chip del instinto maternal, que se activa automáticamente en cuanto nace un bebé. Mientras tanto, a los hombres (según esa lógica antigua) les tocaba solo "ayudar" a la mujer en cuanto a los hijos. Ayudar, como quien sostiene la puerta o quien lava un plato y además espera aplausos.
Pero la vida real, esa que huele a pañal a las tres de la mañana y a café recalentado, me enseñó otra cosa: criar hijos no es un favor, no es un apoyo opcional y definitivamente no es un trabajo de una sola persona. Porque, seamos honestos, nadie hace un hijo solo, se necesitan dos para crearlo y dos para criarlo. Entonces, ¿por qué seguimos actuando como si la responsabilidad viniera con apellido materno?
Durante mucho tiempo se nos ha vendido la idea de que las mujeres "naturalmente" sabemos criar. Que entendemos el llanto en código Morse, que tenemos energía infinita y que el cansancio se nos resbala por tener útero. No sé de dónde salió esta farsa histórica, pero les tengo una noticia: nadie nace sabiendo criar y educar hijos, se aprende sobre la marcha, y si las mujeres podemos aprender, les aseguro que los hombres también. Si de algo podemos estar seguros todos, es que se aprende mejor cuando no estás sola, porque dos cabezas piensan mejor que una, y si se cría con el apoyo de la pareja, lo más seguro es que los hijos crezcan mejor.
Entendamos que la crianza no es solo dar comida y poner vacunas. Es educar, escuchar, contener, poner límites, explicar el mundo y, de paso, intentar no perder la cordura. Y eso, amigas y amigos, es un trabajo de tiempo completo, mínimo para dos personas funcionales.
Cuando la crianza recae solo en la mujer, no solo se le sobrecarga física y emocionalmente, también se le roba algo importante al otro padre: la oportunidad de vincularse de verdad. Porque criar no es solo estar presente para las fotos bonitas del cumpleaños. Es saber qué le da miedo a tu hijo, qué lo tranquiliza, qué lo hace reír y qué lo hace llorar sin razón aparente un martes cualquiera.
Y hombres, escuchen bien esto: cambiar pañales no te quita masculinidad. Cocinar no reduce testosterona. Llevar al niño al doctor no provoca pérdida de identidad. Lo que sí provoca es algo que se llama responsabilidad emocional del padre hacia sus hijos. Y eso, claramente, asusta más que cualquier pañal explosivo a las tres de la mañana, porque implica hacerse cargo de otro ser humano y, sí, puede llegar a ser aterrador, pero también es lo más gratificante que existe en la vida.
La crianza compartida no es una moda moderna ni una concesión feminista. Es simple lógica. Dos adultos, dos cerebros, dos niveles de paciencia que se turnan cuando uno se agota. Es poder decir "hoy no puedo más" y que alguien más tome la batuta sin reproches ni medallas. También es un regalo para los hijos, porque crecen viendo que el cuidado no tiene género, que el amor se demuestra con presencia y que el trabajo en equipo no es una utopía, sino algo que se vive en casa.
Les aseguro que ninguna mujer quiere ser una madre agotada convertida en gerente del hogar, coordinadora de emociones y encargada exclusiva de la crianza. Las mujeres queremos ser personas criando hijos junto a otra persona, que dicho sea de paso es el papá del niño, haciendo juntos un trabajo en equipo con errores compartidos, decisiones conversadas y cansancio distribuido.
Así que no, la crianza no debe ser "ayuda del papá". Debe ser una responsabilidad compartida, porque criar hijos no es un sacrificio que alguien deba cargar solo, sino una tarea enorme que, cuando se reparte, pesa menos y se disfruta mucho más.
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