Lo admito sin vergüenza: nunca he entrenado a temperaturas bajo cero, ni he despertado antes del amanecer para perfeccionar una técnica que depende de milésimas de segundo; nunca he sacrificado celebraciones familiares, estabilidad económica o comodidad personal por un sueño deportivo. Y, aun así, como muchos otros, me he descubierto opinando (con sorprendente seguridad) sobre el desempeño de atletas olímpicos desde la comodidad de mi sillón.
Los Juegos Olímpicos de Invierno nos muestran a deportistas que han elegido un camino poco común. Son hombres y mujeres que decidieron convivir con el frío extremo, el riesgo constante y una disciplina que no entiende de descansos. Mientras la mayoría buscamos abrigo y refugio cuando bajan las temperaturas, ellos entrenan sobre hielo, nieve y viento, empujando los límites del cuerpo y de la mente.
Llegar a unas Olimpiadas no es cuestión de talento únicamente. Es el resultado de años de sacrificios silenciosos: madrugadas interminables, lesiones que se entrenan en ignorar, relaciones personales postergadas y una presión psicológica que rara vez se ve en pantalla. Todo para competir durante unos minutos, a veces segundos, en un escenario donde cualquier error, por mínimo que sea, queda expuesto ante millones de espectadores.
Y es precisamente ahí donde aparecemos nosotros, el público, convertidos, sin entrenamiento previo, en jueces severos. Un tropiezo, una caída, un aterrizaje imperfecto, y el veredicto llega inmediato: "falló", "no dio el ancho", "se esperaba más". Resulta curioso cómo la exigencia hacia quienes han llegado a la élite mundial es absoluta, mientras somos mucho más indulgentes con nuestras propias metas incumplidas.
Olvidamos con facilidad que, en muchos casos, incluso quienes no suben al podio están entre los mejores del planeta. Que quedar cuarto, quinto o décimo en unos Juegos Olímpicos no es un fracaso, sino una hazaña extraordinaria. Que detrás de cada atleta hay una historia de renuncias que difícilmente estaríamos dispuestos a asumir.
Tal vez no se trata de dejar de opinar, ya que el deporte también vive de la pasión del público, sino de recordar el contexto. De reconocer que mientras observamos la competencia con una bebida caliente entre las manos, ellos se juegan años de esfuerzo en un instante irrepetible.
Así que la próxima vez que un atleta, ya sea de Juegos de Invierno, Mundial de futbol, Olimpiadas o del evento que sea, cometa un error frente a la cámara, quizá valga la pena hacer una pausa antes de criticar. Recordar que llegar hasta ahí ya es una victoria. Y que, desde nuestro cómodo sillón, lo más justo no siempre es juzgar, sino valorar la magnitud del sacrificio que implica estar en ese lugar. Y me incluyo en esta reflexión: deberíamos ser mucho más empáticos, porque lo más fácil es criticar desde nuestra comodidad sin nunca haber vivido la presión y el desgaste físico y emocional que ellos viven en cada uno de estos eventos.
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