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PILI PAVÓN.-

EL ESCENARIO TAMBIÉN ES NUESTRO

El medio tiempo del Super Bowl es, quizá, uno de los escenarios más codiciados del planeta, con más de 135 millones de personas conectadas a una misma conversación global. No es solo un espectáculo musical: es una vitrina cultural que revela quién está marcando el pulso del mundo y qué historias están encontrando eco en millones de miradas al mismo tiempo.

Pero este año, más allá de las luces, la producción impecable y la conversación digital que siempre lo acompaña, lo que quedó flotando en el ambiente fue una idea poderosa: ocupar un escenario también es una forma de resistencia.

Porque durante mucho tiempo, los grandes espacios fueron diseñados para unos cuantos. Las voces distintas, las identidades que incomodaban y las narrativas que rompían moldes se quedaban al margen, observando desde lejos, esperando una oportunidad que parecía no llegar. Hoy algo se está moviendo. No con la velocidad que necesitamos, no con la justicia que merecemos, pero el cambio es innegable.

Y en esa conversación hay un espejo inevitable hacia las mujeres.

Nosotras sabemos lo que significa abrirnos paso en lugares donde antes no cabíamos. Sabemos lo que implica hablar cuando se esperaba silencio, liderar cuando se dudaba de nuestra capacidad, celebrar nuestros logros sin pedir disculpas y habitar nuestra propia historia sin reducirnos para no incomodar a otros.

Durante décadas se nos enseñó que resistir era aguantar, adaptarnos, ser prudentes, no hacer demasiado ruido. Hoy entendemos algo distinto: resistir también es expandirnos.

Resistimos cuando dejamos de sobrevivir para empezar a vivir con plenitud.

Cuando convertimos nuestra alegría en una declaración de autonomía.

Cuando nos atrevemos a desear más.

Cuando hacemos comunidad en lugar de competir.

Cuando elegimos no desaparecer.

Existe una idea peligrosa que todavía circula: que la lucha debe ser solemne, que la transformación solo ocurre desde el dolor o la confrontación permanente. Sin embargo, la historia reciente nos está mostrando otra posibilidad igual de profunda: la resistencia también puede tener música, celebración, presencia y gozo.

Para las mujeres, esto es profundamente político.

Porque a muchas todavía se nos incomoda cuando somos visibles.

Cuando brillamos demasiado.

Cuando ocupamos espacio sin pedir permiso.

Cuando disfrutamos la vida sin cargar culpas heredadas.

Como si la alegría femenina necesitara justificación.

En México, más del 50% de la población somos mujeres, pero seguimos enfrentando brechas salariales cercanas al 14%, una sobrecarga desproporcionada de trabajos de cuidado no remunerados y contextos de violencia que no deberían formar parte de ninguna normalidad. De acuerdo con el INEGI, las mujeres destinan en promedio más del doble de horas que los hombres a tareas domésticas y de cuidado, lo que limita su crecimiento profesional, económico y personal.

Frente a ese panorama, cada espacio conquistado importa. Y mucho.

Importa la mujer que dirige una empresa.

Importa la que vuelve a estudiar a los 40 o a los 60.

La que decide no maternar.

La que materna distinto.

La que emprende.

La que levanta la voz en una sala de juntas.

La que se nombra líder sin esperar validación.

La que crea redes para que otras no caminen solas.

Importa cada mujer que se atreve a ser visible.

Porque la visibilidad no es vanidad. Es poder simbólico. Y lo que se ve, existe. Lo que existe, cuenta. Y lo que cuenta, transforma realidades.

No es casualidad que cuando una mujer ocupa un espacio público, muchas otras comiencen a imaginarse ahí también. La representación abre posibilidades que antes ni siquiera parecían pensables.

Las redes de mujeres que hoy florecen en todos los ámbitos nos están enseñando algo extraordinario: la resistencia ya no es un acto aislado, es una experiencia colectiva. Cuando una avanza, abre camino. Cuando una habla, amplifica a otras. Cuando una se sostiene firme, redefine lo posible.

Tal vez por eso resulta tan relevante mirar estos grandes escenarios con nuevos ojos. No solo preguntarnos quién canta o quién aparece, sino qué significa culturalmente que las fronteras se muevan, que las narrativas se amplíen y que la presencia deje de ser exclusiva.

Porque al final, la resistencia más profunda no siempre grita. A veces simplemente se planta en el mundo y dice: aquí estoy.

Y eso, para muchas mujeres, ya es un acto revolucionario.

Hoy el verdadero desafío no es solo llegar a los escenarios, sino permanecer en ellos sin tener que negociar nuestra esencia. Sin hacernos pequeñas. Sin pedir permiso para existir.

Que no se nos olvide: no nacimos para ser espectadoras de la historia. Nacimos para escribirla, para habitarla y para transformarla juntas.

Necesitamos seguir ocupando espacios, construyendo comunidad y defendiendo el derecho a vivir con dignidad, libertad y alegría. No desde la perfección, sino desde la autenticidad. No desde el miedo, sino desde la certeza de que nuestra presencia tiene valor.

La reflexión es inevitable:

¿Qué pasaría si dejáramos de pedir permiso para existir?

¿Qué cambiaría si entendiéramos que nuestra presencia ya es una forma de liderazgo?

¿Cuántas puertas más se abrirían si avanzáramos sabiendo que no caminamos solas?

Resistir también es existir.

Existir sin reducirnos.

Sin escondernos.

Sin disculparnos por nuestra luz.

Sigamos haciendo ruido. Sigamos ocupando escenarios propios y compartidos. Sigamos tejiendo redes que sostengan a las que vienen detrás.

Porque cuando una mujer se atreve a ser visible, no solo cambia su historia. Cambia el mundo.

Te invitamos a seguir esta conversación y a ser parte de las redes que impulsan el cambio en @vengavibremospositivo @ffemmex , @pilipavoncreativa, escribenos a jorge@squadracr.com. Juntos estamos redefiniendo los escenarios donde las mujeres no solo aparecen: permanecen, transforman y brillan.

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