La comunicación es el instrumento vehicular que tenemos los seres humanos para relacionarnos con los demás. Nuestra naturaleza, fundamentalmente relacional, se nos recuerda desde el día que llegamos al mundo y nos manda un mensaje claro: tu vida depende del "otro". Es poderoso y a la vez sencillo de entender, y sin embargo fácil de olvidar en el mundo configurado para el egocentrismo y el beneficio personal que a veces se logra incluso a costa de este "otro". Por lo anterior, hablar de comunicación resulta particularmente relevante en los tiempos que corren.
Siempre que elijo un tema importante del que hablar, me gusta empezar por el principio y la verdad a veces escondida dentro del mismo lenguaje. Iniciar la reflexión desde el origen etimológico de la palabra comunicación resulta esclarecedor. Del latín, "communicare" significa: "compartir", "poner en común" o "hacer partícipe a otro de lo que uno tiene". Un verbo transaccional que implica un intercambio. Y aquí está la clave para evitar caer en una mera descarga de información: comunicar es un arte porque implica poner el foco en encontrar espacios comunes, en compartir para crecer, no en ganar discusiones o crear monólogos que siempre es más fácil tener con personas afines a nuestra manera de entender la vida y la realidad que la acompaña. Comunicar es un arte porque para conseguirlo es necesaria una postura vital crucial: la escucha activa. La escucha que importa, la que vale, es un acto de empatía, de humildad y de curiosidad legítimas, no una demostración de poder, de erudición o de soberbia autoritaria. Escuchar implica saberse incompleto, no poseedor de todas las respuestas, y requiere hacer un esfuerzo consciente para conectar con aquel o aquellos que escuchan, para poder sumar y que ese intercambio dé frutos. La comunicación, tal cual la definieron los griegos hace más de 2000 años, construye puentes, conecta y vuelve a recordarnos que sin el otro, comparta o no nuestras ideas o posturas, no podemos crecer. La comunicación real no dinamita conexiones ni quiere crear islas sin cobertura, incapaces, ni en posibilidad ni en voluntad, para acercarse al resto.
La siguiente frase de Steven Covey ilustra muy bien el error contemporáneo de la comunicación actual en todos los planos y a todos los niveles: "La mayoría de las personas no escuchan con la intención de comprender, sino con la intención de responder".
Esta pequeña reflexión es importante sobre todo porque la comunicación moderna también ha sido secuestrada por algoritmos e intereses que, lejos de buscar espacios comunes para crecer, generan intercambios entre pares iguales que simplemente alimentan día con día la separación y radicalización de las personas. Lo fácil es elegir comunicarnos con los que son, piensan o se comportan como nosotros, pero en este tipo de intercambio se pierde la oportunidad de desaprender, de repensar, de retar para encontrar nuevas soluciones. Así es que, para no ser uno más del rebaño apacible de una narrativa que nos conviene, tomemos conciencia y hagamos un esfuerzo para contrastar nuestras teorías, posiciones y maneras de entender con los que piensan diferente, con los que nos abren los ojos a otras posibilidades y volvamos a comunicarnos de verdad. Hacerlo así es un componente fundamental para vibrar positivo: no leas solo lo que te arroja el algoritmo, no creas todo lo que escuchas, lee más y sal ahí fuera, voltea a ver a los que caminan a tu lado e inicia conversaciones que nos recuerden que somos necesitados de los demás. Al final, este es un llamado para hacer eso que nos distingue de cualquier otra especie: la capacidad de pensar, y si pensamos entre todos, mejor.
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