EL ÁRBOL
Crónica de un barrio, una ausencia y el misterio que nadie se animó a contar.
Casi todas las tardes, un grupo de niños se reunía bajo la sombra del árbol. Era inmenso, de tronco grueso y ramas largas, añosas, que parecían sostener el cielo del barrio. Allí se sentaban, trepaban, compartían horas, saberes y secretos. El árbol era punto de encuentro y frontera imaginaria entre la infancia y el mundo adulto.
Pero algo cambió.
Primero faltaron algunos. En los días siguientes, el grupo se fue reduciendo hasta que una tarde quedó solo uno. Esperó. Dio vueltas alrededor del tronco, apoyó la espalda, giró con impulso infantil. Lo hizo otra vez, incrédulo: podía atravesarlo. Sus piernas cruzaban la madera como si la materia hubiera dejado de existir. Se quedó hasta el anochecer, explorando, intentando convencerse de que no era un sueño.
Regresó al día siguiente.
Observó un nudo rugoso en el tronco, una hendidura oscura que antes no había notado. Se acercó hasta rozarlo y, casi sin transición, se sumergió. Del otro lado no había raíces ni savia: había una ciudad. Gigante. Luminosamente irreal. Personas caminando, edificios altos, un murmullo constante.
Allí estaban sus amigos.
Lo recibieron con entusiasmo. Le mostraron juguetes nuevos; comieron dulces y helados hasta hartarse. No había límites ni carencias. Con solo pensarlo, le explicaron, obtenían lo que deseaban. Todo era inmediato. Todo era posible.
El niño, al comienzo, se sintió fascinado; no obstante, lo estremeció un poco de miedo.
Mientras sus amigos celebraban aquella abundancia sin preguntas, él advirtió algo inquietante: ninguno parecía notar que no podía salir. Propuso regresar a casa. Caminaron durante horas, exhaustos, hasta alcanzar lo que parecía ser la salida: la textura conocida del tronco. Él atravesó; ellos no. Lo intentaron una y otra vez. La materia, que para él se abría, para ellos era un muro.
Estaban condenados a ese universo.
Desde entonces, el árbol permanece en pie, pero ya no es punto de encuentro. El niño -hoy adulto- nunca volvió a acercarse ni contó lo ocurrido. Sin embargo, años más tarde, leyendo sobre teorías de mundos paralelos y realidades superpuestas, encontró una explicación posible: hay universos donde algunos quedan atrapados. Lugares donde no falta nada para ser felices, salvo la libertad.
En el barrio nadie volvió a hablar del árbol. Solo queda su sombra, cada vez más extensa al atardecer, como si guardara un secreto que crece en silencio.
Te invitamos a seguir nuestras redes sociales en Facebook como vibremospositivo; en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @claudiopenso. Escríbenos a jorge@squadracr.com.