El domingo 22 de febrero yo, al igual que tanta gente en varios estados del país, solo quería regresar a casa. Maleta lista, bloqueador todavía en la piel después de unos días en Acapulco, y la clásica promesa de "ahora sí descanso cuando llegue a México". Lo que no sabía es que el país tenía otros planes.
Ese día, las noticias comenzaron a correr más rápido que cualquier chavo manejando su coche deportivo en la Autopista del Sol: fuerzas federales habían realizado un operativo para capturar, o más bien abatir, a Nemesio Oseguera Cervantes, mejor conocido como "El Mencho", líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG). En cuestión de horas, lo que parecía un domingo cualquiera se convirtió en una especie de reality show nacional, pero sin patrocinadores y con demasiados bloqueos carreteros.
En Guerrero (donde yo estaba) comenzaron los bloqueos. Tráileres atravesados, autos varados, gente preguntando en todas las redes sociales "¿alguien sabe qué está pasando?" como si estuviéramos en un grupo de WhatsApp gigante, pero sin administrador que diera información oficial clara.
Mi plan era simple: salir de Acapulco y regresar a la Ciudad de México. La realidad fue distinta: carretera cerrada, tensión en el ambiente y esa sensación extraña de que el país entero estaba conteniendo la respiración. Lo más surrealista era la normalidad intermitente. En un punto estabas viendo memes sobre la situación; al siguiente, estabas calculando cuánta gasolina te quedaba "por si acaso".
Aunque en Guerrero hubo disturbios y bloqueos, ahí no pasó nada a comparación de lo que sucedía en Jalisco; los reportes indicaban que en otros estados la situación fue todavía más intensa. En Jalisco, sobre todo en Guadalajara y Puerto Vallarta (bastión histórico del CJNG), se registraron incendios de vehículos y enfrentamientos. Pero también hubo hechos violentos y bloqueos en Michoacán y Guanajuato.
La lógica detrás de estos actos, según analistas de seguridad, suele ser una reacción coordinada para presionar al gobierno y demostrar capacidad de respuesta territorial. Es una especie de mensaje: "Aquí seguimos y podemos paralizar regiones enteras si queremos". Y, tristemente, ese domingo quedó claro que sí pueden complicar la vida cotidiana de miles de personas que no tienen nada que ver con el conflicto.
Lo que más me impactó no fue el bloqueo en sí, sino la facilidad con la que la rutina se desmorona. Un operativo focalizado puede transformarse en una jornada de caos para comerciantes, transportistas, familias enteras y turistas despistados.
Ese día entendí algo con una claridad incómoda: en México, la línea entre la vida normal y la contingencia es peligrosamente delgada. Puedes estar pensando en qué vas a cenar y, de pronto, estás pensando en rutas alternas, en si conviene moverte o esperar, en si la información que lees es real o puro rumor.
Con el paso de las horas, el humor negro empezó a circular. "Turismo extremo: sobreviviendo al bloqueo edición Guerrero, Puerto Vallarta, Cancún o donde sea que te encuentres". Y sí, uno se ríe porque la alternativa es el estrés absoluto.
Pero más allá de la anécdota personal, mi regreso frustrado, la carretera cerrada, la incertidumbre, lo que pasó ese domingo vuelve a poner sobre la mesa una realidad incómoda: el poder territorial de ciertos grupos criminales y el costo social que pagan los ciudadanos comunes cada vez que hay un operativo de alto perfil. Yo solo quería volver a casa. Terminé siendo testigo, aunque fuera desde la orilla de la carretera, de cómo una decisión en el ámbito federal (aunque haya sido para bien) puede sacudir varios estados en cuestión de horas.
Al final, regresé más tarde de lo previsto. Pero volví con una certeza: en México, hasta un domingo cualquiera puede convertirse en capítulo de historia reciente. Y uno, sin quererlo, acaba escribiendo su propia crónica desde el asiento de copiloto.
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Lucy Hop