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VÍCTIMA DE UNA FUSIÓN

CLAUDIO PENSO.-

Antes los hombres iban a la guerra y tenían un propósito de conquista. Eso fue reemplazado con el juego de comprar participación de mercado, marcas, operaciones enteras.

En estas ventas y adquisiciones, los que compran, igual que los que antes conquistaban, imponen su cultura, sus reglas.

En mi experiencia, las fusiones presentan una tensión que se percibe claramente, pues hay una cultura dominante que intenta imponerse a otra que resiste.

En un leading case en el que me tocó trabajar, cierto día desembarcaron los nuevos directores. Todos estaban en estado de exaltación, al fin se develarían las incógnitas de tantas horas de incertidumbre. Esperaban ser llamados o consultados. Eso le sucedió a un antiguo gerente de la empresa adquirida. El trato frío e impersonal del nuevo responsable de recursos humanos lo descolocó. Cuando le pidieron que cediera su oficina, percibió que algo no andaba bien. Su designación había sido un premio a la lealtad, una distinción a su compromiso; era un referente de la estructura y estaba desde el primer día. ¿Cómo explicar su trayectoria a estas personas desconocidas? No lo entenderían.

Le adjudicaron una nueva oficina, cerca del ingreso a la planta, lejos de la dirección. Podía tratarse de un premio consuelo o quizá una maniobra de algún espíritu perverso.

El pobre hombre esperó instrucciones durante una semana, pero no hubo ninguna. Al cabo del primer mes, comenzó a padecer insomnio. No lo convocaron a ninguna reunión ni le preguntaron nada.

Tuvo que ir a una consulta médica. Ansiedad, le dijo el médico mientras escribía el nombre de unos comprimidos que podrían calmarla. También le sugirió que se tomara unos días de descanso. Tenía muchas vacaciones pendientes, pero no tuvo valor para pedirlas. Sentía miedo.

Había trabajado toda su vida sin mirar el reloj y ahora los minutos circulaban con una lentitud exasperante.

Se consumió la semana.

Ese viernes no pudo dormir y se prometió que el lunes buscaría una definición.

Sin embargo, el cuerpo tiene sus propias reglas. El domingo por la tarde sufrió un ACV. El lunes, alguien de su familia avisó a la empresa que, por primera vez en su vida, no podría ir a trabajar.

Este caso, como tantos otros, es el de una víctima de una fusión realizada sin comunicación, sin previsión, sin respeto por la historia.

Dicen que las empresas no tienen corazón, sino cerebro.

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