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TAMBEROS ESPECIALES: LA OTRA CARA DE LA LECHERÍA

En una actividad cada vez más dominada por la escala y la tecnología, todavía sobreviven historias que recuerdan que el campo también puede medirse en parámetros de afecto, paciencia y orgullo por el trabajo bien hecho.

Hace algunos años me tocó relevar varios tambos para una empresa láctea. El objetivo era claro: analizar indicadores de productividad y entender por qué algunos establecimientos obtenían mejores resultados que otros. En ese momento, la lechería atravesaba un proceso de quiebre. Por un lado, estaban los productores que habían invertido fuerte en tecnología, automatización y modelos intensivos. Por el otro, aquellos que continuaban con métodos más tradicionales, casi artesanales.

En medio de esa comparación apareció un dato que me llamó la atención. Entre establecimientos mucho más grandes y tecnificados, un pequeño tambo mostraba uno de los mejores rendimientos por animal.

Decidí visitarlo.

Lo que encontré no fue un secreto tecnológico ni una maquinaria revolucionaria. Fue algo más simple, pero también más difícil de replicar: amor por el trabajo.

Toda la familia participaba del ordeñe. Dos veces por día, todos los días del año, sin excepción. El tambo no era solo una unidad productiva; era el centro de la vida familiar. Cada vaca tenía nombre propio. Antes de cada ordeñe recibían caricias, como parte de un ritual cotidiano que parecía tan importante como el alimento o el cuidado sanitario.

El ambiente también reflejaba ese vínculo. El lugar estaba decorado y hasta musicalizado. Para ellos no se trataba de producir más a cualquier costo. Cuando les pregunté si pensaban crecer o pasar a un sistema intensivo, la respuesta fue simple: estaban satisfechos con lo que tenían.

La productividad, paradójicamente, parecía acompañar esa filosofía.

En la charla también surgió un problema frecuente en la zona: la invasión de gaviotas. Las aves arrasan con los granos y terminan depredando buena parte del alimento destinado al ganado. Muchos productores recurren a métodos agresivos o directamente al envenenamiento, prácticas que suelen tener poco éxito y generan otros problemas.

Imaginé que ellos tendrían alguna solución ingeniosa.

La tenían, pero era sorprendentemente sencilla.

Buscaban una gaviota sin vida y la colocaban cerca del lugar donde se almacenaban los cereales. Bastaba con eso. Las demás aves sobrevolaban la zona, advertían la señal de peligro y terminaban alejándose hacia otro destino.

Sin venenos. Sin guerra.

Cuando me fui de ese tambo, pensé que esas personas estaban hechas de la misma esencia que mis abuelos.

Ellos también encontraban orgullo en cuidar sus árboles y llenar su quinta de esperanza. Celebraban las buenas cosechas con una alegría tranquila, de esas que no necesitan grandes palabras. Y compartían los frutos con la misma generosidad que vi en los ojos de aquella familia tambera.

En tiempos donde la eficiencia suele medirse solo en litros por vaca o toneladas por hectárea, historias como esta recuerdan que en el campo todavía existe otra forma de producir: una donde el trabajo, la naturaleza y la vida cotidiana siguen estando profundamente conectados.

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