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UNA LECCIÓN DISFRAZADA DE MONEDAS

LUCY HOP.-

Siempre he pensado que el dinero tiene un extraño superpoder: desaparece muy rápido de nuestros bolsillos. Desgraciadamente, este fenómeno se acentúa más cuando uno va creciendo y se convierte en adulto. Ahora veo para atrás y recuerdo cuántas veces mi mamá me preguntó: "¿Pero tú crees que el dinero se da en los árboles?". Y no es que yo creyera que sí, pero la verdad sí creía que no era nada del otro mundo conseguirlo, puesto que siempre llegaba a mis manos tan fácil que no valoraba lo que mis papás tenían que hacer para conseguirlo.

Cuando era niña, una moneda parecía eterna. Podía pasar días enteros en mi bolsillo mientras yo decidía si la gastaba en dulces, en estampitas o en algo que realmente valiera la pena. Hoy, en cambio, parpadeo y el dinero ya se fue, probablemente convertido en un café, en alguna suscripción que olvidé cancelar o en uno de esos "gastos pequeños" que, sumados, terminan siendo bastante grandes. Por eso estoy convencida de algo: enseñar a los niños y a las niñas a ahorrar desde pequeños no es solo una buena idea, es casi un acto de supervivencia financiera futura.

Aprender a ahorrar en la infancia es como aprender a andar en bicicleta. Al principio cuesta; hay caídas, frustraciones y momentos en los que uno piensa que es mejor gastar todo de una vez en dulces o en el juguete más llamativo del momento. La tentación de la gratificación inmediata es poderosa, incluso para los adultos; imagínense para un niño frente a una tienda llena de colores y juguetes.

Pero cuando finalmente se entiende el truco -guardar un poco hoy para tener algo más grande mañana- la perspectiva cambia. De pronto, ese juguete que parecía imposible se vuelve alcanzable gracias a una pequeña alcancía, un poco de disciplina y mucha paciencia. El ahorro, en realidad, es una lección disfrazada de monedas. Enseña paciencia, planeación y algo muy escaso en el mundo moderno: la capacidad de esperar.

Vivimos en una época donde casi todo es inmediato. Pedimos algo por internet y llega en cuestión de horas. Vemos una película con solo presionar un botón. Pagamos con una tarjeta o con el celular y el dinero ni siquiera pasa por nuestras manos. Todo sucede tan rápido que a veces olvidamos el valor de construir algo poco a poco.

Por eso el ahorro en la infancia es tan importante. Les enseña a los niños que no todo tiene que ocurrir al instante, que hay metas que requieren tiempo, constancia y un poco de sacrificio. Y esa es una lección que va mucho más allá del dinero.

Sin embargo, hay algo todavía más poderoso que cualquier alcancía brillante o cualquier explicación sobre finanzas: el ejemplo de los padres. Porque los niños no aprenden tanto de lo que les decimos, sino de lo que nos ven hacer.

Si un padre dice "hay que ahorrar", pero cada fin de semana llega a casa con bolsas llenas de compras impulsivas, el mensaje real es bastante claro. Es como decir "coman verduras" mientras una se termina la tercera rebanada de pizza. Técnicamente el consejo existe, pero el ejemplo va en sentido contrario.

En cambio, cuando los niños ven que en casa se habla del dinero con responsabilidad, que se planea, que se comparan precios, que a veces se decide no comprar algo hoy para lograr algo más grande después, empiezan a entender que el ahorro no es un castigo. Es una herramienta.

Y lo mejor es que no se necesitan clases complicadas de economía ni términos financieros que suenen a reunión de banco. A veces basta con cosas simples: una alcancía en su habitación, una meta pequeña o incluso explicar por qué decidimos no comprar algo en ese momento.

Por ejemplo, decir algo como: "Hoy no vamos a comprar esto porque estamos ahorrando para las vacaciones" puede parecer una frase simple, pero para un niño es una lección poderosa. Les ayuda a entender que el dinero también sirve para construir proyectos y experiencias.

Los niños, además, son grandes observadores. Notan todo. Incluso cuando creemos que están distraídos viendo caricaturas, probablemente también están aprendiendo cómo funcionan las decisiones en casa. Están observando si los adultos compran por impulso o si piensan antes de gastar, si planean o si improvisan, si el dinero genera estrés o si se maneja con tranquilidad. Todo eso, aunque no lo parezca, se convierte en aprendizaje.

Enseñarles a ahorrar tampoco significa convertirlos en pequeños contadores obsesionados con las monedas o en niños que nunca disfrutan lo que tienen. El objetivo no es que vivan calculando cada centavo, sino que comprendan el valor del equilibrio: saber cuándo gastar, cuándo guardar y cuándo planear.

Porque ahorrar también puede ser emocionante. Hay una satisfacción muy especial en alcanzar una meta que una misma construyó paso a paso. Esa sensación de abrir la alcancía después de semanas o meses es, para muchos niños, su primer contacto con el logro personal.

Tal vez por eso muchos de nosotros todavía recordamos con claridad nuestra primera alcancía, primer ahorro o el primer objeto que logramos comprar con nuestro propio dinero. No era solo una compra: era la prueba de que la paciencia tenía recompensa.

Enseñar a los niños a ahorrar, en el fondo, es enseñarles a tomar decisiones. A pensar en el futuro. A entender que los recursos no son infinitos y que administrarlos bien puede abrir muchas puertas.

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