La Comarca Lagunera fue una región clave para el desarrollo del norte de México y ha sido desde hace más de un siglo un punto de encuentro para diversas culturas. Pero hay una comunidad en particular que destacó: la árabe. Forzados por el desplazamiento y las presiones económicas en sus países de origen, estos inmigrantes se establecieron en Torreón, convirtiéndose en un pilar fundamental para el desarrollo social y económico de la ciudad. Provenientes principalmente de Líbano, Palestina, Belén y algunos de Siria; de inmediato comenzaron a destacar por su prosperidad y habilidad comercial. Su legado perdura hasta hoy en la gastronomía, la arquitectura, la cultura y, de manera muy especial, en la vida religiosa de la comunidad.
Con una comunidad considerable de islamitas en la región, se fundó la primera mezquita en suelo mexicano, en nuestro bello, querido y muy caluroso Torréon. Las reuniones aquí eran una forma de mantener viva la fe y las tradiciones islámicas. Con el inicio del ramadán este 18 de febrero y su próxima culminación el 19 de marzo, me gustaría recordar con nostalgia uno de los eventos más simbólicos de esta comunidad, que posiblemente, no todos los laguneros conozcan. Y que, quizás, ya no se realice en la actualidad (porque bueno... las tradiciones cambian y nos hemos occidentalizado mucho).
El fin de las horas diurnas de ayuno durante el mes de Ramadán se señalaba con un disparo frente a la mezquita- en este caso, un cuetazo. Era una ceremonia sencilla pero llena de encanto, que comenzaba cuando un poco antes de la puesta de sol, los niños, no siempre acompañados de familiares, se agrupaban frente al lugar reservado para el "lanza cuetes" que llegaba puntualmente todas las tardes acarreando un sinnúmero de fuegos artificiales.
También había adultos curiosos, ajenos algunos, y dos o tres méndigos que aprovechan la relativa religiosidad del momento para solicitar un peso de limosna. Los niños, que sabían al minuto el lenguaje de los gestos, se tapaban los oídos con los dedos cuando el hombre, sin excesiva marcialidad pero consciente de su importancia, se acercaba a su carrito atiborrado de juguetes, encendía la mecha, y no es difícil imaginar a los hombres santos avezados en la contemplación del cielo. Era la hora.
El disparo era ruidoso, pero de carga hueca y sin mayor impacto. Las calles de alrededor se llenaban de futbolistas aficionados que llenaban las dos horas previas al fin del ayuno jugando a la pelota y provistos de porterías metálicas portátiles.
Inmediatamente después de la explosión de luz, o a la vez, sonaba la potente sirena del aviso y cantaban los almuédanos su plegaria, una pequeña sinfonía vocal que aún remarca más el absoluto silencio que sigue a continuación. La población islámica de la Laguna, comía. Todos los musulmanes del mundo se detienen y cumplen los requisitos de su religión.
El sacrificio de no probar alimento hasta las 8 pm pasaba desapercibido en el tráfago y la rutina de los que aquí comían, bebían y fumaban sin restricciones mientras los musulmanes se abstenían.
El ayuno coránico tiene, por supuesto, unas connotaciones simbólicas propias, derivadas del mandato divino de expiación, pero no hay que olvidar la peculiar relación que todas las religiones tienen con el alimento, y en especial con la carne.
Me llama la atención, que quienes tienen una formación cristiana se sorprendan de la renuncia voluntaria de los musulmanes a ese manjar único que es el cerdo, por no hablar de la privación judía del conejo a la brasa, otra exquisitez incomparable.
Los cristianos también tienen lo suyo, o lo tenían, pues ignoro si las nuevas generaciones siguen privándose tan religiosamente como las anteriores de comer carne en cuaresma o los viernes (como aún hace una de mis abuelas), dando así carta de gastronomía a un tutti frutti de pescados al gusto.
Vivir el Ramadán en un país católico en general, impresiona en todo caso, yo diría (de nuevo personalmente) más por el rito que por la obediencia.
En muchas casas de musulmanes laguneros, el disparo no se escuchaba, la mezquita les quedaba algo lejos como para observar el ritual; pero sí escuchaban en torno a las dos de la madrugada las alarmas, avisándoles que aún tenían tiempo para la última comida de la jornada, la shor, que precede al comienzo del ayuno, señalado de nuevo por las preces del altavoz de todas las mezquitas- en este caso-, un canal del cable que se prende automáticamente en la sala de tele para el canto del almuédano.
Mucho se ha perdido de estas tradiciones en Torreón, que es una ciudad norteña pequeña en relación a otras, menos anquilosada de lo que aquí se piensa; y muestra disidencias también en este territorio sagrado del ayuno. Es posible que no haya un solo islamista ya en la región que se reúna para tomarse al mediodía un modesto sándwich en casa del vecino o del amigo. Tampoco era fácil, cuando yo era adolescente, decirle a mi papá que lo único que quería, en lugar de pura agua, eran unos vampiritos en tortilla de harina con harta salsa y totopos que los acompañara.
Si queda todavía algún musulmán por Torreón que me lea: Ramadan Mubarak.
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