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EL INVENTOR

CLAUDIO PENSO.-

Hay artistas que nacen con una pulsión difícil de domesticar. No crean para vender, ni para convencer a nadie; incluso no les interesa el negocio, sino la posibilidad de crear, algo que no pueden evitar. La obra aparece antes que la estrategia, el impulso antes que el plan de negocios. A veces, esa intensidad los vuelve visionarios. Otras, los deja solos frente a la realidad.

Él pertenecía a esa especie. Lo llamaré Marcelo.

Durante años encontró su lugar en el automovilismo, un territorio donde la creatividad podía manifestarse en forma de motores, chasis y curvas perfectas. No fue un piloto famoso ni un empresario exitoso, pero sí algo que, con el tiempo, terminó siendo igual de influyente: un formador.

Fundó su propia escuela de conducción cuando todavía no existían demasiados espacios de aprendizaje estructurado para jóvenes pilotos. Allí enseñaba más que técnica. Enseñaba sensibilidad mecánica, intuición, respeto por la máquina y por la pista. Por sus talleres y circuitos pasaron chicos que más tarde se convertirían en nombres conocidos del deporte. Algunos alcanzaron celebridad, otros carreras internacionales. Él seguía en el fondo del paddock, ajustando carburadores, corrigiendo trazadas imaginarias con la mano en el aire.

No parecía preocuparle demasiado el reconocimiento.

Pero los años también traen golpes. En el epílogo de su carrera, una crisis -económica y personal- lo obligó a emigrar. Había que empezar de nuevo y, sobre todo, proteger lo poco que quedaba de su patrimonio.

En el nuevo país instaló un pequeño taller. Era modesto, lleno de herramientas gastadas, motores abiertos y piezas que parecían esperar una segunda oportunidad. Fue allí donde empezó a obsesionarse con una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza.

Quería construir un auto distinto.

No un deportivo de lujo ni un prototipo inalcanzable. Su sueño era otro: crear un automóvil que tuviera el espíritu y los detalles técnicos de un Fórmula 1, pero que pudiera pertenecer a un hombre común. Un juguete sofisticado, sí, pero de mantenimiento simple. Algo radicalmente emocionante y, al mismo tiempo, posible.

Durante meses trabajó casi en silencio. Diseñó piezas, improvisó soluciones, modificó estructuras. El proyecto fue creciendo como crecen las obsesiones: lentamente, pero ocupándolo todo.

Hasta que un día el auto estuvo listo.

La primera vez que lo encendió, el sonido llenó el taller como un animal que despierta. Semanas después lo llevó al circuito. Quienes estuvieron allí recuerdan la escena: el prototipo bajo, nervioso, ligero, girando una y otra vez mientras el motor rugía con orgullo. Él manejaba con una mezcla de precisión y felicidad infantil.

Había logrado lo que imaginó.

Entonces comenzó la segunda parte del sueño: producirlo.

Buscó inversores. Presentó el proyecto a empresarios, a entusiastas, a cazadores de negocios rápidos. Algunos lo escuchaban con curiosidad; otros se fascinaban con la idea por unos minutos. Pero siempre aparecía la misma pregunta: escalabilidad, costos, retorno inmediato.

El auto era demasiado audaz para los pragmáticos y demasiado real para los soñadores.

Las reuniones se multiplicaron y las promesas también. Ninguna prosperó. El entusiasmo inicial se fue transformando en una cadena interminable de frustraciones.

Con el tiempo empezó a ponerse plazos. Después empezó a engañarse con esos plazos. Los meses se acumulaban y los ahorros se reducían con una velocidad que ya no podía ignorar.

El sueño había llegado a su límite.

Una mañana cargó el auto y lo llevó a un gigantesco taller especializado en piezas de colección y prototipos. El lugar parecía un museo secreto del automovilismo: tenía motores raros, chasis históricos, máquinas únicas que alguna vez habían sido promesas del futuro.

Allí lo dejó en consignación.

Tiempo después me llamó.

Recuerdo el tono emocionado de su voz. No sonaba derrotado, como uno hubiera esperado. Al contrario, hablaba con una serenidad extraña.

Me contó que había dejado el auto en un buen lugar.

-Está rodeado de máquinas increíbles -dijo-. Lo van a cuidar.

Hubo un silencio breve, como si estuviera mirando algo mientras hablaba.

Después agregó, casi en voz baja:

-Es raro… hoy lo vi brillar como nunca. Todas sus partes estaban perfectas. Por un momento sentí que estaba contento.

Se detuvo otra vez.

-Como si tuviera un alma.

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