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¿PODEMOS DEJAR DE POLITIZAR LOS OSCAR?

LUCY HOP.-

No sé ustedes, pero cuando yo veo los Oscar, lo hago por razones muy poco intelectuales. Me gusta ver los vestidos, discursos nerviosos, gente agradeciendo a su terapeuta, a su perro y a su "increíble equipo creativo", aunque nadie sepa exactamente qué hizo ese equipo.

Pero hay un momento de la noche que siempre me provoca el mismo sentimiento de cansancio emocional: cuando alguien sube al escenario a recibir un premio, o a entregarlo, y de pronto decide que lo que el mundo necesita en ese instante es un mensaje político. Y no cualquier mensaje político; nooooo, porque no mejor uno arrogante, fuera de lugar y completamente desconectado del hecho de que estamos en una ceremonia que celebra, digamos, a gente que fingió ser astronauta, detective o mapache parlante durante dos horas.

En esta última entrega, por ejemplo, ocurrió algo que volvió a despertar mi desagrado a ese tipo de intervenciones. El momento en el que el actor español Javier Bardem aprovechó su intervención para lanzar consignas como "No a la guerra" y "Free Palestine".

Y aquí es donde, como espectadora con palomitas en mano, empiezo a levantar una ceja. No porque las causas políticas no importen. Al contrario, muchas importan muchísimo. El problema es el escenario, la simplificación y la desinformación. Decir "no a la guerra" suena maravilloso. Nadie sensato está a favor de la guerra como si fuera un deporte olímpico. Pero el mundo real rara vez cabe en una consigna de tres palabras.

Cuando se habla de conflictos internacionales, las cosas suelen ser bastante más complejas que un eslogan pronunciado desde un escenario iluminado en Hollywood. Por ejemplo, mencionar "Free Palestine" como si la situación fuera una historia simple de buenos y malos ignora que el conflicto que detonó la guerra más reciente comenzó con el ataque del grupo Hamas el 7 de octubre de 2023, un hecho brutal que desencadenó una cadena de eventos que todos vimos durante meses en las noticias. El problema es que mucha gente obtuvo su información principalmente de TikTok y otras redes sociales; por consiguiente, no sabe nada del conflicto ni de su historia.

Y es que, si de verdad vamos a hablar de libertad para los pueblos, entonces la conversación también debería incluir algo bastante incómodo: los regímenes y organizaciones que oprimen precisamente a esas mismas poblaciones. Porque cuando se habla de libertad para los palestinos, es difícil no mencionar el control y la violencia del propio grupo terrorista Hamas, que es quien gobierna la Franja de Gaza.

Y cuando se habla de paz en Medio Oriente, también resulta imposible ignorar el papel del régimen islámico de Irán, un gobierno que durante décadas ha reprimido duramente a su propia población y que, cada vez que puede, lanza amenazas contra Estados Unidos, Israel y prácticamente cualquiera que no comparta su visión del mundo. Si de verdad vamos a pedir libertad para los pueblos (cosa con la que, por cierto, estoy de acuerdo), quizá el discurso debería ser un poco más completo.

Tal vez algo como: libertad para los pueblos que viven bajo regímenes opresivos. Libertad para quienes no pueden protestar sin terminar en prisión o asesinados por su mismo gobierno. Libertad para las mujeres que arriesgan su vida por quitarse un velo obligatorio. Eso sí sería un mensaje poderoso. Pero, claro, ese tipo de discurso ya no cabe tan fácilmente entre el agradecimiento al agente, el abrazo al director y la orquesta que empieza a tocar para sacarte del escenario.

Yo, personalmente, siempre espero el momento clásico del discurso: "Quiero agradecer a mi mamá… a mi agente… al director… a mi pareja, que aguantó mis crisis existenciales durante el rodaje…". Eso tiene sentido. Es lo que se espera en este tipo de ceremonias. Pero cuando de pronto aparece una declaración política que parece sacada de un mitin, el ambiente cambia. La gente en casa empieza a preguntarse: "¿Esto sigue siendo una entrega de premios o entramos a un debate internacional?". Y lo peor es que casi nunca termina bien.

Primero, porque la mitad del público aplaude con entusiasmo. La otra mitad se incomoda. Y el resto solo quiere saber quién ganó Mejor Película. Segundo, porque las redes sociales se convierten en un campo de batalla durante las siguientes 48 horas. Nadie habla de las películas. Nadie habla de las actuaciones. Todo gira en torno al discurso. Y ahí es donde siento que el cine pierde.

Porque los Oscar deberían ser, al menos por una noche, una celebración del trabajo creativo. De las historias que nos hicieron llorar, reír o salir del cine preguntándonos qué demonios acabamos de ver. No una conferencia improvisada de política internacional con gente vestida por diseñadores italianos.

El problema no es que los actores tengan opiniones políticas. Por supuesto que las tienen. Son ciudadanos como cualquiera. El problema es creer que cada micrófono disponible es automáticamente un podio. Tal vez soy anticuada, pero sigo pensando que hay momentos para todo. Hay momentos para debatir, momentos para protestar, momentos para reflexionar sobre el estado del mundo, y hay momentos para agradecer a tu mamá, llorar un poco, olvidarte de alguien importante en la lista y salir del escenario mientras la orquesta te corre educadamente.

A veces, honestamente, eso también está bien. Porque en una noche dedicada al cine, quizá no sea tan mala idea dejar que el protagonista sea… el cine.

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