El 8 de marzo las calles se llenan de mujeres. Se alzan las voces, se sostienen pancartas, se comparten historias que durante mucho tiempo fueron silenciadas. Por unas horas -o quizá por unos días- el mundo parece escuchar.
Pero después… el ruido baja.
Las calles se vacían.
Y la vida sigue.
Ahí es donde empieza lo verdaderamente importante. Porque el reto no es marchar un día. El reto es sostener el cambio los otros 364.
Cada año, miles de mujeres en México salimos a exigir justicia, igualdad y una vida libre de violencia. Este año, como los anteriores, marché con mis hijas. Las vi levantar sus pancartas, cantar con fuerza, mirar a su alrededor y descubrir que no estaban solas. Y pensé: esto también es educación. Esto también es herencia.
Es un recordatorio poderoso de que la fuerza colectiva crece… y se transmite. Pero también es un espejo incómodo: ¿qué pasa cuando termina la marcha?
La realidad es que, para muchas mujeres, la lucha no se detiene. Está en lo cotidiano. En lo que no se ve. En lo que no siempre se vuelve tendencia.
Está en la mujer que regresa a casa después de marchar y sigue siendo la principal responsable del cuidado. En la que al día siguiente vuelve a un trabajo donde gana menos por hacer lo mismo. En la que levanta la voz en una reunión y es interrumpida, en la que decide denunciar y se enfrenta a un sistema que no siempre la protege.
Porque aunque el 8M visibiliza, no transforma por sí solo.
En Fundación Femmex lo vemos de cerca. Trabajamos con mujeres que no siempre pueden marchar, pero cuya lucha es igual de real y urgente. Mujeres que nos recuerdan, cada vez que las acompañamos, que los derechos no deben depender de quién tiene voz, tiempo o libertad para salir a la calle.
Ahí también está la lucha: en los espacios que nadie fotografía.
En México, las mujeres seguimos dedicando más del doble de tiempo que los hombres a trabajos de cuidado no remunerados; seguimos enfrentando brechas salariales, violencia estructural y una cultura que muchas veces minimiza nuestras experiencias.
Y, sin embargo, seguimos avanzando. No solo en las calles, en cada espacio que habitamos.
Avanzamos cuando cuestionamos lo que antes parecía normal, cuando dejamos de justificar lo injustificable, cuando nos atrevemos a hablar, aunque incomode. Cuando nos elegimos. Cuando construimos redes donde antes había competencia.
Y avanzamos cuando les enseñamos a las que vienen detrás de nosotras que su voz tiene peso, que su lugar no se pide prestado, que el mundo también les pertenece.
Si algo ha cambiado en los últimos años es que la lucha ya no es individual. Es colectiva y es intergeneracional. Las mujeres no solo marchamos juntas: nos sostenemos, nos recomendamos, nos abrimos camino unas a otras. Y ahí, en esa red invisible pero poderosa, es donde realmente ocurre la transformación.
El feminismo no vive únicamente en las consignas, vive en las decisiones diarias, en las conversaciones incómodas, en los límites que aprendemos a poner y en los espacios que dejamos de abandonar.
Vive cuando una mujer se da cuenta de que no tiene que hacerlo todo sola.
Vive también cuando una niña ve a su madre marchar y entiende -sin que nadie se lo explique- que ella también puede ocupar su lugar en el mundo.
Durante mucho tiempo nos hicieron creer que el cambio dependía de ser más fuertes, más capaces, más perfectas. Hoy entendemos algo distinto: el cambio ocurre cuando dejamos de sostener sistemas que no nos sostienen a nosotras.
Por eso, el 8M no es un punto de llegada. Es un punto de partida, una sacudida colectiva que nos recuerda todo lo que falta, pero también todo lo que ya estamos haciendo distinto.
La verdadera transformación no se mide en cuántas marchamos, sino en cuántas decidimos, después de ese día, no volver a ser las mismas.
No callarnos.
No minimizarnos.
No postergarnos.
Decidimos ocupar nuestro lugar. Y enseñarles a nuestras hijas a ocupar el suyo.
Y eso, aunque no siempre se vea, es profundamente revolucionario.
Los otros 364 días son los que realmente definen la historia.
Sigamos cuestionando, construyendo, acompañando y abriendo camino. Sigamos siendo red, sostén y fuerza colectiva.
Porque cuando una mujer cambia, cambia su entorno, pero cuando muchas mujeres cambian juntas -y crían hijas que también lo saben- cambia el mundo.
Te invitamos a seguir esta conversación y a ser parte de las redes que impulsan el cambio en @vengavibremospositivo, @ffemmex y @pilipavoncreativa. Porque la transformación no ocurre en un solo día… se construye todos los días.
Escríbenos a jorge@squadracr.com.