En una oficina detenida en el tiempo -paredes gastadas, muebles sin renovar y un diploma de marketing colgado como un testimonio de esfuerzo tardío-, un hombre reconstruye su historia como quien repasa una maquinaria antigua. Lo hizo con orgullo, pero también con un dejo de resignación.
Todo comenzó con una idea: un lavaplatos. Una invención que, según cuenta, prometía abrirle las puertas a algo grande. Pero el proyecto nunca fue suyo del todo. Lo compartió con un socio "sin escrúpulos", quien terminó apropiándose de aquello que él había creado. No hubo juicio ni escándalo, solo una pérdida silenciosa que marcó el rumbo de las décadas siguientes.
Lejos de rendirse, se reinventó. Vendió exhibidores, ahorró, compró un terreno y levantó su propia fábrica. Dado que no se consideraba a sí mismo un experto en negocios, se puso a estudiar marketing. Le pregunté el porqué de la elección y me contestó: "Para entender el lenguaje, los códigos, los conceptos".
El diploma, aunque deshilachado, sigue colgado en la pared como una pequeña victoria personal.
La fábrica, sin embargo, cuenta otra historia al observarla minuciosamente. Había máquinas compradas en remates, "a precios muy bajos", aclara con cierto orgullo. Muchas ya no funcionan; otras apenas sobreviven. El ruido industrial ha sido reemplazado por un silencio espeso, interrumpido solo por su voz.
En los últimos veinte años, casi todos los colaboradores que trabajaban aquí se fueron: algunos en busca de mejores oportunidades; otros, luego de entredichos y tensiones. Esto lo llevó a tomar una decisión tajante para evitar problemas legales: dejó de contratar.
-Prefiero trabajar menos -me dice, como si esa decisión fuera una forma de control en un mundo que ya le había quitado demasiado.
Hoy tiene un solo cliente. Eso, asegura, le alcanza para sobrevivir.
Cuando habla de su padre, la voz se le vuelve más firme. Era tornero, trabajaba piezas de ascensores. "Lo que más admiraba era su obsesión por los detalles, por la perfección", recuerda. Esa ética parece haber sido su herencia más valiosa, aunque no necesariamente la más rentable.
-¿Qué busca ahora? -le pregunto.
Se queda en silencio unos segundos.
-La verdad, no lo sé. Quizá un socio… pero no podría compartir todo lo que sé con alguien extraño.
La respuesta encierra una contradicción que atraviesa toda su historia: la necesidad de compañía frente al miedo a perder nuevamente lo propio.
Nos despedimos con un apretón de manos que ambos sabemos será definitivo. Antes de que me vaya, agrega, casi como un susurro:
-A veces me siento un poco solo.
Yo no le dije nada; sin embargo, tuve toda la sensación de que buscaba un amigo, no un socio.
Al salir, queda la sensación de haber visitado no solo una fábrica detenida, sino también una vida en pausa. Porque, al final, nada se parece tanto a nosotros mismos como esas quimeras que nunca terminamos de soltar.
Te invitamos a seguir nuestras redes sociales en Facebook como vibremospositivo; en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @claudiopenso. Escríbenos a jorge@squadracr.com.