No sé si han visto una serie en Netflix que se llama "Envidiosa". Yo llevo unos días viéndola y, la verdad, cuando me la recomendaron, una parte de mí dijo: "yo no voy a ver esas tonterías", porque estoy acostumbrada a ver series más del tipo de abogados, doctores o policiacas. Pero la verdad, cuando empecé a verla, algo me jaló. No sé si fue su forma de hablar, de expresarse o simplemente porque, aunque no nos guste reconocerlo, todos somos humanos y, muy en el fondo (o no tan en el fondo), todos hemos sentido envidia una o varias veces en la vida.
Y es que esta serie, más que entretenerme, me ha hecho sentir ligeramente observada, como si alguien hubiera instalado una cámara en los pensamientos más incómodos del ser humano. Sí, hablo de esa tendencia tan humana (y tan peligrosa) de vivir mirando el plato del de al lado en lugar de saborear el propio.
Y no, no es que yo sea diferente al resto del mundo. No digo que nunca he sentido envidia, claro que la he sentido, y varias veces. Yo también he sido esa persona que, teniendo un café delicioso enfrente, decide que el del vecino seguro está más espumoso, más bonito y, probablemente, servido por un barista emocionalmente más estable.
Pero hay algo profundamente inquietante en las personas que viven patéticamente así todo el tiempo. No disfrutan, no celebran, no descansan. Están en una especie de maratón emocional donde la meta siempre está en la vida de alguien más. Y claro, así cualquiera se agota y se amarga.
Lo que más me impacta es cómo esta obsesión silenciosa va erosionando todo. Porque cuando nunca es suficiente lo que tienes, tampoco lo eres tú. Y entonces empieza el círculo vicioso: comparo, me siento menos, envidio, me frustro, me exijo más, vuelvo a comparar… y así, hasta que un día te das cuenta de que no solo no disfrutaste lo que tenías, sino que además lo descuidaste tanto que ya ni siquiera está.
Es como esa persona que tiene una casa hermosa, pero pasa tanto tiempo asomándose por la ventana para ver la del vecino que se le empieza a meter la lluvia, el polvo, y cuando voltea hacia adentro, su propio espacio ya no es habitable.
Y aquí viene la parte incómoda: la envidia no siempre se ve fea. A veces se disfraza de "solo estoy observando", de "es inspiración", de "yo también quiero superarme". Pero hay una línea muy delgada entre admirar y anularte, entre inspirarte y vivir insatisfecha.
Porque una cosa es decir: "Qué bonito lo que tiene ella, qué padre, me motiva", y otra muy distinta es: "¿Por qué ella sí y yo no?", acompañado de una ligera gastritis emocional.
Y es ahí donde creo que perdemos el punto. Porque la vida no es una competencia de quién tiene más, mejor o primero. La vida es, en realidad, una experiencia profundamente personal, que se arruina en cuanto la conviertes en comparación constante.
Lo más irónico es que muchas veces, mientras alguien está consumida viendo lo que otros tienen, hay alguien más viendo su vida y pensando exactamente lo mismo. Es una cadena interminable de insatisfacción colectiva. Un reality show silencioso donde nadie gana. Porque al final, el verdadero problema no es lo que otros tienen, es lo poco que estamos viendo lo nuestro.
Y vivir así, francamente, no es vivir. Es sobrevivir en modo "scroll", pasando vidas ajenas mientras la propia se queda en pausa.
Yo no sé ustedes, pero yo no quiero ser espectadora de mi propia vida. Prefiero sentarme, ver mi café y, aunque no tenga la espuma perfecta, tomármelo caliente, mío y en paz.
Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales: en Facebook como vibremospositivo, en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco. Escríbenos a jorge@squadracr.com.