Columnas Social columnas editoriales SOCIALES

Columnas

Vibremos positivo

COMPETENCIA, AMENAZA O MACHISMO

LUCY HOP.-

Como mujer, hay algo curioso que pasa cuando entras a una sala de juntas llena de hombres: no sabes si vienes a trabajar… o a demostrar, una vez más, que sí sabes trabajar. No es que nadie te lo diga directamente (aunque a veces sí), pero hay una especie de examen invisible que parece empezar en cuanto te sientas. Y entonces opinas, propones, argumentas… y cinco minutos después, alguien repite exactamente lo mismo que tú dijiste, pero con voz más grave, y de pronto todos asienten como si acabara de descubrir la cura para todo. Fascinante.

Lo más irónico es que, en mi caso, siempre me he sentido más cómoda con hombres que con mujeres. Desde chiquita. Nunca fui la más "dulce" ni la más políticamente correcta, así que más de una vez alguna mujer decidió que yo era "sangrona", intensa o simplemente una amenaza. En cambio, con hombres todo era más directo, más simple, menos cargado de interpretación emocional.

Y sin embargo, después de tantos años, cuando me encuentro en espacios dominados por hombres, ahora me toca remar contra otra corriente y demostrar mi capacidad. Porque aunque hemos avanzado muchísimo en temas de machismo laboral, todavía existe esa voz -a veces externa, a veces interna- que cuestiona si realmente, como mujer, perteneces ahí.

Y es que las diferencias, aunque cada vez más sutiles, siguen existiendo. A los hombres, muchas veces, se les asume capaces hasta que demuestren lo contrario. A nosotras, en cambio, pareciera que nos toca demostrarlo primero para que después nos crean. Ellos opinan con seguridad y eso se percibe como liderazgo. Nosotras opinamos con la misma seguridad y, dependiendo del día, puede percibirse como intensidad, carácter fuerte o "a ver esta quién se cree".

También está esa línea finísima que caminamos todo el tiempo: si eres firme, eres dura; si eres flexible, eres débil. Si levantas la voz, exageras; si te callas, no aportas. Básicamente, un equilibrio digno de circo profesional.

Y luego está el tema de la emocionalidad. Porque sí, las mujeres solemos tener una mayor capacidad de leer el ambiente, de entender dinámicas, de anticipar conflictos. Y aunque eso es una fortaleza enorme, en muchos espacios laborales todavía no se valora como tal. Se sigue premiando más lo evidente: la seguridad al hablar, la rapidez para decidir, la contundencia. Pero pocas veces se reconoce el valor de escuchar bien, de ver lo que no es obvio, de construir desde lo humano.

Pero aquí viene la parte interesante: poco a poco, eso está cambiando. Y no porque estemos pidiendo permiso, sino porque estamos ocupando espacios y haciéndolos nuestros.

Porque también me he puesto a pensar algo: ¿y si no solo nosotras nos sentimos intimidadas? ¿Y si, en el fondo, también los intimidamos a ellos? Una mujer segura, clara, que no pide permiso para opinar y que además tiene razón, puede ser desconcertante para alguien que no está acostumbrado. Así que con el tiempo entendí que no se trata de encajar. Se trata de ocupar el espacio sin pedir disculpas por hacerlo.

Y eso también implica dejar de suavizarnos de más, de pedir perdón antes de hablar, de decir "igual y estoy mal, pero…" cuando en realidad sabes perfectamente que no estás mal. Implica aprender a decir las cosas como son, sin adornarlas innecesariamente, pero sin perder nuestra esencia.

Porque no, no tenemos que hablar más fuerte ni más duro, ni más "como ellos". Tampoco tenemos que volvernos alguien que no somos para que nos tomen en serio. A veces basta con sostener lo que decimos, repetirlo si hace falta (aunque ya lo haya "descubierto" alguien más cinco minutos después) y confiar en que nuestra forma también tiene peso.

No se trata de competir con ellos, sino de cambiar la conversación. De pasar de "quiero demostrar que puedo igual que tú" a "mira todo lo que puedo aportar desde una perspectiva distinta". Porque ahí es donde realmente empieza a haber un cambio.

Y sí, somos igual de capaces. A veces más. No porque se trate de competir, sino porque hemos aprendido a leer entre líneas, a adaptarnos, a insistir cuando no nos escuchan y a sobrevivir en ambientes donde, históricamente, no éramos mayoría.

Así que la próxima vez que entres a una sala llena de hombres y sientas ese pequeño "¿sí pertenezco aquí?", acuérdate: no solo perteneces, sino que probablemente eres de las que más tiene que aportar, aunque tengas que decirlo dos veces o tres.

Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales, en Facebook como vibremospositivo, en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco. Escríbenos a jorge@squadracr.com.

Leer más de Columnas Social

Escrito en: Vibremos positivo columnas

Comentar esta noticia -

Noticias relacionadas

Siglo Plus

+ Más leídas de Columnas Social

LECTURAS ANTERIORES

Fotografías más vistas

Videos más vistos semana

Clasificados

ID: 2467270

elsiglo.mx