Hay días en los que siento que mi principal habilidad en la vida no es mi trabajo, ni mi inteligencia emocional, ni siquiera mi capacidad de hacer varias cosas a la vez. No. Mi verdadero talento es intentar (sin éxito, por cierto) satisfacer a todo el mundo al mismo tiempo.
En la mañana soy eficiente, resolutiva, organizada. Contesto correos como si mi vida dependiera de ello, sonrío en juntas aunque por dentro esté haciendo una lista mental del súper, y trato de ser esa persona que "resuelve". Porque claro, en el trabajo una no solo tiene que cumplir: también tiene que anticiparse, proponer, innovar, etc. Y hacerlo con buena actitud y sin despeinarse.
Luego viene la siguiente función del día: la versión familiar de mí misma. Ahí soy comprensiva, paciente, disponible. Escucho, apoyo, opino con cuidado. Intento estar presente, aunque a veces mi cerebro siga atorado en ese pendiente que dejé a medias cinco horas antes. Porque, aparentemente, no basta con las horas de trabajo; el cerebro sigue pensando todo el día en eso que no quedó listo en su momento.
Después aparece la vida social, ese espacio donde se supone que una va a relajarse… pero donde también existe una expectativa silenciosa de ser divertida, interesante, ligera. No demasiado intensa, no demasiado distante. Justo en ese punto medio perfecto que, casualmente, nunca sé exactamente dónde está.
Y entre todos esos escenarios, en algún momento del día, también tengo que ser yo. Pero no cualquier yo. No. La mejor versión de mí. Esa que hace ejercicio, come sano, tiene claridad emocional, responde mensajes pendientes, lee algo enriquecedor, organiza su vida, toma agua y, si le sobra energía, reflexiona sobre su crecimiento personal. Francamente, no sé en qué momento del día se supone que vive esa mujer.
Porque la realidad (mi realidad, y seguro la de muchas otras) es que después de intentar cumplir con todo y con todos, lo único que me queda es una versión cansada, un poco abrumada y con una ligera sospecha de que, haga lo que haga, siempre alguien (incluyéndome) va a pensar que pude haberlo hecho mejor. Y eso cansa.
Cansa tratar de ser suficiente en todos los frentes. Cansa sentir que siempre hay una expectativa más que alcanzar, una versión más pulida a la cual aspirar. Cansa, incluso, esa vocecita interna que nunca termina de decir: "ya, con esto está bien".
Porque la verdad incómoda es esta: es imposible satisfacer a todo el mundo. Siempre alguien va a querer más, algo distinto o algo que simplemente no está en nuestras manos dar. Y lo más complicado de aceptar no es fallarle a los demás… es sentir que te estás fallando a ti.
Así que, últimamente he empezado a cuestionar esa idea de "fallar". ¿Fallar según quién? ¿Bajo qué estándar? ¿El de la perfección constante? ¿El de no cansarse nunca? ¿El de poder con todo, siempre, con una sonrisa? Si ese es el parámetro, entonces sí: voy perdiendo.
Pero si cambio la regla del juego (aunque sea un poco), tal vez no se trata de ser todo para todos, sino de dejar de exigirme serlo. Tal vez no tengo que ser la mejor versión de mí misma todos los días. Tal vez hay días en los que simplemente soy una versión suficientemente buena… y eso también cuenta. Una que cumple lo esencial, que intenta, que a veces se equivoca, que a veces se cansa y que, muy de vez en cuando, decide no dar más explicaciones.
Y aunque suene revolucionario (o peligrosamente sensato), he descubierto algo: el mundo no se cae. El trabajo sigue. La familia sigue. La vida social, sorprendentemente, también. Y yo… bueno, yo respiro un poco más tranquila.
Porque, al final, quizá no se trata de ganar la aprobación de todos. Tal vez se trata, simplemente, de dejar de pelear conmigo misma por ser la mejor para todos, en todo. Y, honestamente, con eso ya tengo suficiente batalla ganada.
Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales: en Facebook como vibremospositivo; en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco. Escríbenos a jorge@squadracr.com.