En el marco de la celebración del Día del Niño en nuestro país, es importante detenernos a reflexionar sobre las infancias desde el amor, el respeto y la conciencia.
La niñez es una etapa que, al recordarla, se llena de memorias, olores, colores, música, aprendizaje y momentos de alegría. En lo personal, aún puedo sentir lo que significó para mí ser niña y reconocer lo afortunada que fui. Recuerdo la mirada amorosa de mi madre como guía y formadora; hoy, al mirar a mi hija a los ojos, también puedo ver el futuro. Desde ese lugar íntimo surge una pregunta inevitable: ¿tendré las herramientas suficientes para acompañarla?
Este cuestionamiento no es solo personal, sino colectivo. Nos invita a pensar en la responsabilidad que tenemos como sociedad hacia las niñas, niños y adolescentes.
Un caso relevante en México ilustra la importancia del reconocimiento de la identidad y el libre desarrollo de la personalidad. Una persona solicitó la rectificación de su acta de nacimiento para adecuarla a su identidad de género. Aunque se concedió el cambio de nombre y sexo, no se autorizó la expedición de una nueva acta, sino únicamente una anotación marginal. Este caso evidencia que aún existen retos para garantizar plenamente el derecho a ser quien se es.
El libre desarrollo de la personalidad es un derecho humano fundamental que deriva de la dignidad humana, reconocido en la Constitución mexicana y en tratados internacionales. Este derecho implica que cada persona pueda construir su identidad, tomar decisiones sobre su vida y desarrollarse conforme a sus propios valores, sin interferencias injustificadas.
Como ha señalado la Suprema Corte, aunque algunos derechos personalísimos no estén expresamente escritos en la Constitución, se encuentran implícitos en la dignidad humana. Solo a través de su respeto pleno puede hablarse de una vida digna.
De acuerdo con la Convención sobre los Derechos del Niño, se considera niña, niño o adolescente a toda persona menor de 18 años. Bajo este marco, el principio del interés superior de la infancia se vuelve fundamental. Este principio establece que todas las decisiones que les afecten deben priorizar su bienestar y desarrollo integral.
Para que niñas, niños y adolescentes puedan ejercer realmente su libertad y construir su identidad, es indispensable garantizar condiciones básicas como educación, salud, alimentación y, sobre todo, acompañamiento emocional. No basta con proteger; es necesario comprender, escuchar y validar.
En este sentido, el Estado y la sociedad tienen la responsabilidad de brindar herramientas a las familias, especialmente a quienes cuidan y acompañan -madres, padres, abuelas- para que puedan responder con sensibilidad ante los desafíos emocionales y psicológicos de la infancia. Porque una infancia acompañada con amor tiene un impacto directo en la construcción de sociedades más sanas.
Históricamente, niñas, niños y adolescentes han sido vistos como personas incapaces de ejercer sus derechos por sí mismas. Esta visión ha llevado a que las decisiones sobre sus vidas se tomen sin considerar sus opiniones, emociones y experiencias. Sin embargo, este enfoque puede resultar perjudicial, ya que invisibiliza su voz y puede colocarlos en situaciones de vulnerabilidad.
Es importante reconocer que las personas adultas y las infancias perciben el mundo de manera distinta. Lo que para un adulto puede parecer insignificante, para una niña o niño puede representar miedo, tristeza o confusión. Ignorar esta diferencia no solo es injusto, sino que puede convertirse en una forma de violencia.
Además, por la etapa de desarrollo en la que se encuentran, las niñas, niños y adolescentes no siempre cuentan con las herramientas emocionales para enfrentar situaciones difíciles. Sin el acompañamiento adecuado, estas experiencias pueden dejar huellas profundas a lo largo de su vida.
Por ello, es necesario cambiar la mirada: dejar de verles como sujetos pasivos y reconocerles como personas en desarrollo, con capacidades progresivas para opinar, participar y tomar decisiones. El papel de las personas adultas y del Estado no es sustituir su voz, sino crear las condiciones para que puedan ejercer sus derechos de manera libre y segura.
Un enfoque integral reconoce que, si bien son sujetos de derechos, también requieren una protección reforzada debido a su situación de vulnerabilidad. Esto implica generar espacios donde puedan expresarse, ser escuchados y acompañados con respeto.
Hablar de niñas, niños y adolescentes es hablar del presente y del futuro. Es entender que cada decisión, cada palabra y cada acción impacta en la persona que están construyendo.
Porque, al final, acompañarles no es moldearlos a nuestra imagen, sino permitirles ser, con libertad, quienes desean ser.
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