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EL INSTANTE QUE NO VUELVE: CÓMO LA DISTRACCIÓN COTIDIANA NOS ALEJA DE LO ESENCIAL

En pleno vuelo, el silencio es escaso. Se oyen motores, notificaciones, conversaciones cruzadas. Sin embargo, a veces sucede: por un momento, todo se aquieta. Solo queda el zumbido constante del avión como un murmullo ajeno.

Un pasajero lee. Se abstrae. Levanta la vista y, en la ventana, descubre un atardecer intenso, naranja encendido devorando al celeste. Piensa en acercarse, en fotografiarlo. Decide esperar y piensa: "Cuando termine la página".

El momento pasa.

La escena -mínima, casi invisible- describe una tendencia cada vez más consolidada: la dificultad creciente para sostener la atención y habitar el presente.

Diversas investigaciones coinciden en que la relación con los dispositivos digitales está modificando nuestros hábitos cognitivos. Un estudio publicado en Scientific Reports en 2023 señala que incluso la sola presencia del teléfono puede reducir el rendimiento atencional, aun cuando no se esté utilizando. Es decir, no hace falta mirar la pantalla para distraerse; alcanza con saber que está ahí.

Otros trabajos advierten que el uso fragmentado del celular -chequeos constantes, notificaciones, multitarea- está directamente asociado con la distracción y la postergación de tareas. En contextos cotidianos, esto se traduce en una atención interrumpida, dispersa, siempre en pausa.

La interrupción no es menor. Investigaciones recientes muestran que cada notificación puede desviar la concentración durante varios segundos, generando un efecto acumulativo difícil de revertir. A eso se suma un fenómeno creciente: la multitarea mediática. Estudios indican que muchas personas alternan constantemente entre estímulos, incluso cuando intentan concentrarse en una sola actividad.

Para la psicología cognitiva, el problema no es solo la distracción en sí, sino su normalización.

"La atención humana siempre fue limitada, pero hoy está sometida a una presión constante", explican investigadores en el campo del comportamiento digital.

La consecuencia no es solo una menor productividad, sino una transformación en la forma en que experimentamos el tiempo.

Algunos datos lo reflejan con claridad. Informes recientes estiman que el tiempo promedio de atención sostenida en pantallas se ha reducido drásticamente en las últimas décadas, en parte por la sobrecarga de estímulos digitales.

Pero hay otro efecto, menos medido y más difícil de cuantificar: la pérdida de lo irrepetible.

De vuelta en su asiento, el pasajero mira su libro. Una pequeña mancha oscura interrumpe la página. Por un instante, siente compasión por sí mismo. Entiende algo simple: así se evapora la vida.

No en grandes decisiones, sino en micro postergaciones. En lo que dejamos para después. En la ilusión de que habrá otro momento.

Sin embargo, los atardeceres -como tantas otras escenas cotidianas- no esperan. No se archivan. No se recuperan.

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