Cuando escribo, conecto con mi centro y, desde ese lugar, siento lo que creo y me atrevo a llamar libertad. La escritura es un puente que me lleva a ese lugar que siempre está ahí, en el que habitan la paz, la certeza, la aceptación y la verdad de quien soy, sin etiquetas ni expectativas; un lugar donde simplemente soy. No hay juicios ni reproches.
La verdad de uno mismo no aspira a ser aceptada ni a ser ejemplo. No tiene ego ni necesidad de protagonismo. Es un lugar mágico donde todo tiene sentido y donde te reconoces conectado a un plan mayor que no hay que luchar por entender, sino un espacio limpio en el que confiar. Allí está Dios: no está en el cielo ni en un espacio lejano ni tiene cara (en mi caso). Es una semilla de luz que lo conecta todo, lo explica todo y nos recuerda que el ser humano no está limitado por los confines de su mente y su entendimiento, sino por la grandeza de sus sueños y su corazón.
Ese corazón que late y siente, intuye y decide seguir -si lo dejas- incluso en el sinsentido, y que confía en su intuición. Que sabe que dentro lleva ya inscrito un manual maestro de sabiduría que no atiende a la lógica, sino a la verdad del todo, que desde luego nos escapa, pero que no por eso deja de estar ahí.
Cada uno tenemos dentro un espacio como este y puentes para llegar hasta él. Busca el tuyo, encuéntralo y vuelve a él siempre que puedas o necesites dar sentido a lo que te pasa y te rodea. Para unos, este puente conector es la escritura; para otros, la danza o el contacto con la naturaleza. Son puentes firmes que nos llevan a ese lugar mágico donde no reina la razón, sino la emoción pura, y que nos hace sonreír sin darnos cuenta.
Tu puente te conectará con tu lugar esencial. Una vez allí, deja que te hable y que te cuente cuál es el espacio en el que vibras más alto y fuerte; después, deja que tome el control para reacomodar las piezas, las emociones y la claridad del camino a seguir.
Nuestro mejor guía o mentor lo tenemos dentro, no fuera. Es atemporal y no atiende a modas; es inequívocamente personal, único e irrepetible, como lo somos cada uno de nosotros. Por eso, el camino hacia nuestro centro hay que caminarlo solos, con los ojos y los oídos bien abiertos. No es un camino fácil y, en el proceso, tendrás que aprender a ser más humilde, más honesto; más aprendiz y menos maestro, más vulnerable y sin esa coraza compuesta de capas que el exterior nos ha enseñado a crear.
Confía en su verdad, que es la tuya, y, si puedes, coloca esa brújula en el centro de tu vida, de tu cotidianidad; su norte siempre apuntará el rumbo de tu felicidad.
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