Cada año en el Día de las Madres vivimos el mismo desfile de emociones, promociones y amenazas disfrazadas de manualidades escolares. Que si el desayuno sorpresa, que si la taza que dice "La mejor mamá del mundo", que si el festival donde una tiene que llorar obligatoriamente mientras veinte niños preciosos pero algo desafinados cantan "Señora, señora".
Y sí, claro que una agradece todo. Una sonríe, abraza, aplaude, toma fotos y hasta presume el dibujo donde aparentemente las mamás parecemos una mezcla entre Frida Kahlo y un aguacate con pestañas. El amor de los hijos es precioso. Pero si me preguntan honestamente qué quisiera de regalo este Día de las Madres, mi respuesta es muy sencilla:
Paz, tranquilidad y silencio, tal vez un cupón para ir a un spa el fin de semana, y regresando poder jugar un juego de mesa felizmente en pijama con mis hijas y mi esposo, tan, tan, eso es todo.
Y no me refiero a un silencio preocupante de esos que te hacen preguntar "¿y ahora qué rompieron?", sino un silencio auténtico. Uno donde nadie me grite "¡Mamá!" desde otra habitación para preguntarme algo que perfectamente podrían resolver usando los ojos, la lógica, Google o ChatGPT.
Porque ser mamá es hermoso, sí, pero también significa vivir en una especie de centro de atención telefónica abierto 24 horas. Una nunca deja de trabajar. Aunque esté sentada, aparentemente descansando, el cerebro sigue operando: "¿Ya cenaron?", "¿Ya llegaron a la casa de la fiesta?", "¿Ya regresaron a la casa?", "¿Estará bien con las amigas?" Y así todo el día, aunque, claro, las preguntas cambian según la edad de los hijos.
Y luego está el famoso "descansa tantito" que muchas veces nos dice el marido preocupado por nuestra salud física y emocional. Qué frase tan optimista. Las mamás no descansamos; administramos mini pausas estratégicas mientras alguien nos encuentra para pedirnos una contraseña, un permiso firmado o el cargador que claramente "nadie agarró".
Por eso creo que muchas mamás hemos llegado a una etapa de evolución espiritual donde ya no soñamos con bolsas de diseñador ni joyería fina. Soñamos con cosas mucho más exclusivas:
Ir al baño solas. Tomarnos un café caliente completo. Dormir de corrido 8 hrs sin escuchar pasos misteriosos a medianoche o sin tener que esperar a que todos los hijos lleguen a la casa sanos y salvos en la madrugada. Comer algo… sin compartirlo. Por dar algunos ejemplos.
Yo, por ejemplo, fantaseo con un hotel donde nadie me necesite por doce horas. Un lugar mágico donde no tenga que decidir qué van a comer los demás, donde no me tenga que preocupar por qué se van a poner (porque todos los días la frase de "no tengo nada que ponerme" me atormenta), o escuchar a todas horas: "¿mamá puedo ir a…?", "¿puedo llevarme el coche a…?" y obviamente la frase: "Mamá, ¿dónde está mi…?" "mi lo que sea", que mágicamente siempre está donde siempre ha estado, pero que nadie se digna a buscar antes de preguntar.
Porque además hay algo muy curioso: en esta casa, aparentemente yo nací con un GPS integrado de objetos perdidos. No importa si desapareció una calceta, un cargador o la dignidad de alguien después de una fiesta: todos creen que mamá sabe dónde está.
Y aun así… aunque me queje, aunque pida silencio como quien pide oxígeno, sé perfectamente que si un día la casa estuviera completamente callada, probablemente me preocuparía a los siete minutos. Porque esa es la contradicción eterna de ser mamá: vivimos cansadas del ruido… pero enamoradas de quienes lo hacen.
Así que este Día de las Madres no necesito flores gigantes, serenatas ni otro sartén "porque te encanta cocinar". Regálenme algo verdaderamente valioso: déjenme dormir una siesta completa sin interrupciones. No me hagan decidir qué van a cenar. Y por el amor de Dios… si me ven sentada y en silencio, no me pregunten: "¿Estás enojada?"
No, mi amor, no estoy enojada. Estoy descansando. Y eso, para una mamá, ya cuenta como unas vacaciones en la playa.
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