Durante mucho tiempo pensé que mi trabajo como mamá era asegurarme de que mis hijas comieran verduras, hicieran la tarea y no se electrocutaran metiendo cosas al enchufe. Pero, conforme fueron creciendo, descubrí que hay otra misión todavía más importante: enseñarles a expresar lo que sienten.
Y no, no hablo de convertir la sala de mi casa en terapia grupal permanente, donde todos nos sentemos en círculo a hablar de "nuestras emociones internas" mientras suena música relajante. Hablo de algo mucho más sencillo y mucho más difícil al mismo tiempo: enseñarles que sentir no tiene nada de malo… y decirlo tampoco.
Seamos honestas, a muchas de nosotras nos criaron con frases como "no llores", "no exageres", "aguántate" o la famosísima "¿y por eso haces drama?". Entonces una crece pensando que expresar tristeza es debilidad, que enojarse está mal y que hablar de sentimientos es algo que solo sucede en películas románticas donde alguien corre bajo la lluvia.
El problema es que las emociones no desaparecen solo porque una las ignore. Ahí se quedan, "guardadas". Y años después salen en forma de adultos que no saben pedir perdón, que se enojan por todo, que no saben poner límites o que creen que decir "me lastimaste" es más difícil que armar un mueble sin instrucciones.
Por eso creo que enseñarles a nuestros hijos a expresar lo que sienten es uno de los regalos más importantes que podemos darles. Porque un niño que aprende a decir "estoy triste", "me sentí excluido" o "eso me dio miedo", probablemente será un adulto que pueda tener relaciones sanas, amistades reales y parejas donde no todo se resuelva con silencios incómodos y estados indirectos de Instagram.
Y esto aplica también con hijos adolescentes, porque, siendo sinceras, con los adolescentes a veces una siente que está intentando abrir una caja fuerte emocional del FBI. Tú preguntas: "¿Cómo te fue?" y responden: "bien". "¿Qué tienes?" "Nada". "¿Te pasó algo?" "No". Y una ahí, interpretando tonos de voz como detective profesional.
Pero incluso en esa etapa, necesitan saber que tienen un espacio seguro para hablar sin miedo a burlas, regaños automáticos o frases tipo "ay, eso no es importante". Porque para ellos sí lo es.
Como padres, tenemos que entender que enseñar emociones no solo es hablarles. Es que nos vean hacerlo. Que sepan que mamá también puede decir "hoy me siento cansada", "me equivoqué", "perdón por hablarte así" o "necesito un momento para tranquilizarme". Porque si nosotros escondemos lo que sentimos, ellos aprenden a esconderse también.
Y ojo: expresar emociones no significa hacer berrinche eterno ni justificar malos comportamientos. No se trata de gritarle al mundo cada emoción como protagonista de telenovela de las nueve. Se trata de aprender a reconocer lo que sentimos y comunicarlo de manera sana.
Al final, todos queremos que nuestros hijos tengan relaciones sanas cuando crezcan. Que encuentren personas que los respeten y que ellos también sepan respetar. Que puedan amar sin miedo, hablar sin explotar y poner límites sin culpa.
Y quizá todo eso empieza mucho antes de la primera pareja. Empieza en casa, cuando un niño descubre que puede decir "me siento mal" y alguien lo escucha de verdad.
Porque los hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos que les enseñen que sentir es normal, hablar es sano y callarse todo termina saliendo mucho más caro en terapia.
Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales: en Facebook como vibremospositivo; en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco. Escríbenos a jorge@squadracr.com.