La primera lámpara la pagaron entre quince vecinas. La juntaron en una tarde, de cuarenta pesos en cuarenta pesos, mientras los niños jugaban en la calle sin luz. No hubo oficio firmado, no hubo respuesta del municipio, no hubo cámara que lo registrara. Solo hubo quince mujeres que dijeron: si no viene nadie, lo hacemos nosotras.
En alguna colonia periférica de esta ciudad -donde el asfalto termina antes que las casas- hay una historia que se repite con distintos nombres y el mismo hilo conductor: la comunidad no esperó. Y cuando digo comunidad, quiero decir, casi siempre, mujeres.
Fueron ellas quienes instalaron el huerto en el lote baldío que acumulaba basura y moscas desde hacía tres años. Ellas quienes tejieron la red de alertas por WhatsApp cuando los robos aumentaron al caer la noche. Ellas quienes gestionaron -tocando puertas, insistiendo, volviendo- la pavimentación de la calle que en temporada de lluvias se convertía en zanja. No porque les correspondiera más que a nadie, sino porque entendieron, de manera práctica y sin romanticismos, que esperar tiene un costo que sus familias no podían pagar.
Lo interesante no es solo que lo hicieron. Lo interesante es cómo lo hicieron. Porque organizarse no es natural ni sencillo. Requiere convencer a la vecina desconfiada, aguantar al vecino que llega a boicotear, administrar el dinero de la cooperacha con transparencia y paciencia, sostener el ánimo colectivo cuando los trámites se alargan meses. Requiere, en una palabra, liderazgo. Y ese liderazgo, en estas colonias, tiene cara de mujer.
Lo que hacen estas mujeres no es heroísmo. Es gestión. Es política. Es trabajo -no remunerado, no reconocido- que sostiene lo que el Estado a veces no alcanza a cubrir.
Vale la pena detenerse en eso, porque tendemos a contarlo como historia de superación: mujeres valientes que salieron adelante a pesar de todo. Y sí, hay valentía. Pero hay también algo que no deberíamos normalizar: la necesidad de que los vecinos financien con su bolsillo servicios que ya pagaron con sus impuestos. El alumbrado público no debería ser una colecta. La seguridad no debería depender de un grupo de chat. El espacio público no debería necesitar voluntarias para existir.
Pero mientras esa deuda institucional se salda -si es que alguna vez se salda-, estas mujeres no se quedaron quietas. Aprendieron a levantar actas, a hablar en micrófonos en los cabildos abiertos, a redactar solicitudes con número de oficio y copia para el archivo. Aprendieron a distinguir qué regidor atiende qué área, a qué hora entra el secretario de Obras, qué argumento mueve más fichas. Aprendieron, en pocas palabras, el idioma del poder. Y lo aprendieron sin que nadie les enseñara, entre tortillas y reuniones de las ocho de la noche, porque de día hay que trabajar.
La segunda lámpara ya no la pagaron ellas. Ya la gestionaron. Hay una diferencia enorme entre esas dos palabras, y esa diferencia tiene nombre: organización.
Pienso en lo que implica ese tránsito. Pasar de poner dinero de tu bolsa a exigir lo que por ley te corresponde no es un paso pequeño. Es un cambio de postura frente al mundo: dejar de ser receptora de favores para convertirte en ciudadana con derechos. Y ese cambio, cuando ocurre en una colonia, se contagia. La vecina que vio cómo se pavimentó la calle se anima a pedir la reparación del drenaje. La joven que creció viendo a su mamá en las asambleas llega a la universidad sabiendo que tiene voz. El tejido se hace más denso, más resistente.
En Torreón hay docenas de historias así. Las conocemos de oídas, las vemos en notas pequeñas enterradas, las ignoramos porque no tienen el drama de la nota roja ni la visibilidad de la política partidista. Pero ahí están, cosiendo el tejido social que se deshilacha cada vez que una institución falla, cada vez que un presupuesto se recorta, cada vez que alguien decide que ciertas colonias pueden esperar.
Me pregunto cuántas decisiones de esta ciudad se toman sin que estas mujeres estén en la mesa. Me pregunto cuántos planes de desarrollo urbano se diseñan sin preguntarle a quien sabe, de primera mano, dónde falla el drenaje, dónde hay un baldío peligroso, qué calle necesita banqueta con urgencia. El conocimiento que tienen sobre sus colonias es preciso, actualizado y profundo. No está en ningún informe técnico. Está en su memoria y en sus pasos.
No propongo que las aplaudamos y sigamos. Propongo que las veamos como lo que son: arquitectas de lo cotidiano, expertas en resolver lo que nadie más resuelve. Y que hagamos la pregunta incómoda que su trabajo hace inevitable: ¿qué pasaría si un día decidieran no hacerlo?
La colonia se organizó sola. Pero no debería haber tenido que hacerlo. Y mientras seguimos esperando que el Estado recuerde que existe, ellas ya van por la tercera lámpara.
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