Hay días en los que una se siente poderosa, inteligente, capaz de conquistar el mundo, y otros en los que te pruebas unos jeans y decides que claramente la humanidad entera está en tu contra. Ser mujer, honestamente, a veces se siente como participar en una competencia eterna donde nadie te dio las reglas, pero todo mundo opina sobre tu desempeño.
Desde chiquitas nos enseñan (sin decirlo directamente) que debemos ser "la niña buena". La hija que no da problemas. La hermana comprensiva. La amiga disponible. La mamá perfecta. La mujer exitosa pero humilde, arreglada pero "natural", fuerte pero sensible, independiente pero no demasiado, flaca pero no tanto, joven aunque ya tengas una que otra arruga, y sonriente aunque por dentro quieras aventar el celular por la ventana porque alguien volvió a preguntarte: "¿Y tú para cuándo piensas…?", seguido de cualquier expectativa ajena.
Y ahí vamos muchas de nosotras, haciendo malabares emocionales para encajar en todas las versiones que otros esperan ver.
Como hijas, muchas veces vivimos buscando aprobación. Que nuestros papás estén orgullosos. Que no se decepcionen. Que piensen que "hicimos las cosas bien". Y aunque eso nace del amor, a veces, sin darnos cuenta, empezamos a construir una vida basada más en cumplir expectativas que en escuchar lo que realmente queremos.
Como hermanas, aprendemos a compararnos. Que si una es "la responsable", la otra "la divertida", la otra "la inteligente". Y sin querer terminamos creyendo que nuestro valor depende del papel que nos asignaron en la familia, como si fuéramos personajes fijos en una serie larguísima que ya lleva demasiadas temporadas.
Como amigas, muchas veces sentimos presión por caer bien, por estar presentes, por no incomodar, por ser "fáciles de querer". Y qué agotador es, a veces, pensar demasiado antes de decir algo solamente para no parecer intensas, dramáticas o "mucho".
Y luego viene la maternidad (o incluso solamente la expectativa social alrededor de ella) y el asunto se pone todavía más interesante. Porque pareciera que las mamás tienen que hacerlo TODO bien. Si trabajas mucho, "pobres hijos". Si te dedicas a tus hijos, "desaprovechaste tu potencial". Si te arreglas, "qué superficial". Si no te arreglas, "ya se descuidó". Básicamente, hagas lo que hagas, siempre habrá alguien listo para darte una opinión gratuita que nadie pidió.
Pero creo que el problema más grande llega cuando una empieza a verse a sí misma con los ojos de los demás. Ahí es donde dejamos de preguntarnos: "¿Yo qué quiero?", "¿Yo qué necesito?", "¿Yo qué pienso de mí?" y empezamos a vivir editándonos constantemente para resultar aceptables.
La verdad es que crecer también implica aceptar algo incómodo: jamás vamos a cumplir todas las expectativas de todos. Siempre habrá alguien que piense que eres demasiado o insuficiente. Muy sensible o muy fría. Muy ambiciosa o muy conformista. Muy seria o muy escandalosa. Y, sinceramente, qué cansancio.
Con los años he entendido que valorarse no significa creerse perfecta. Porque no lo somos. Yo tengo defectos. Soy intensa. Sobrepienso cosas absurdas a las 2 de la mañana. A veces me tomo personal algo que claramente no era personal. Hay días en los que mi paciencia dura menos que la batería de un iPhone viejo. Y, aun así, sigo siendo valiosa.
Porque el amor propio no nace cuando logras convertirte en la versión ideal que la sociedad aprueba. Nace cuando dejas de castigarte por no serla. Valorarse también es entender que nuestras virtudes y defectos pueden coexistir. Que podemos ser fuertes y vulnerables al mismo tiempo. Buenas madres y mujeres cansadas. Hijas amorosas y personas que ponen límites. Amigas leales y seres humanos que también necesitan espacio. No tenemos que ganarnos el derecho a querernos.
Y tal vez una de las cosas más liberadoras que una mujer puede hacer es dejar de vivir en función de la validación ajena. Porque cuando una pasa demasiados años intentando satisfacer a todos, termina desconectándose de sí misma. Y recuperar esa conexión toma tiempo. Pero vale muchísimo la pena.
Porque, al final, la aceptación social es bastante caprichosa. Hoy te aplauden por algo y mañana te critican exactamente por lo mismo. Así que basar nuestra felicidad en la aprobación externa es como poner nuestra autoestima en manos de un jurado que cambia de opinión cada cinco minutos.
En cambio, aprender a aceptarnos, de verdad, tiene algo profundamente poderoso. Es poder mirarte al espejo y pensar: "No soy perfecta. Pero soy yo". Y que eso, finalmente, sea suficiente.
Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales: en Facebook como Vibremos Positivo; en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco. Escríbenos a jorge@squadracr.com.