El globo rojo apareció entre serpentinas, copas vacías y música estridente durante una celebración. Suspendido junto a otros cientos de adornos, parecía un detalle insignificante dentro de aquella fiesta exuberante, donde los adultos brindaban, reían y desbordaban una alegría difícil de contener.
Sin embargo, mientras los asistentes continuaban entregados al festejo, el globo permanecía quieto, atado a una mesa, desde donde observaba el ir y venir de las personas. Fue entonces cuando alguien abrió una ventana y una ráfaga inesperada atravesó el salón y alteró el orden de la escena. El hilo que lo sujetaba cedió lentamente y el pequeño globo rojo comenzó a deslizarse por el suelo, esquivando zapatos, mesas y restos de papel picado, sin que nadie advirtiera su fuga.
El globo parecía debatirse entre la caída y la libertad. Sin alas ni dirección cierta, avanzó hasta alcanzar el borde de la pista principal. Allí ocurrió el segundo episodio inesperado de la noche. Un niño, apenas consciente de lo que hacía, extendió sus manos y lo impulsó hacia arriba.
Desde ese instante, el globo ascendió sobre las luces del salón y cruzó la ventana abierta hacia el exterior. Afuera, ya lejos del ruido y de la multitud, continuó elevándose en silencio, sostenido únicamente por el viento.
Algunos asistentes interpretaron el hecho como una simple casualidad. Otros, en cambio, vieron en aquella huida una imagen inevitable de la fragilidad y el deseo de libertad.
Nuestra vida está amarrada a pequeños y grandes eventos en los que somos partícipes necesarios.
¿Queremos estar ahí?
¿Pertenecemos a ese grupo?
En ocasiones, las puertas y las ventanas permanecen cerradas; el aire no nos permite soltarnos. El azar no contribuye y es necesario, en cambio, un acto voluntario: deshacer el nudo, elevarnos por encima de lo que no nos sirve y encontrar el camino hacia la libertad.
Pocas sensaciones son tan aliviadoras como haber escapado de un ambiente que no nos pertenece y caminar hacia la puerta de salida.
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