Hay una etapa muy curiosa de la vida adulta en la que pasas de preguntarte por qué nadie te invita a nada, a preguntarte si legalmente existe la posibilidad de clonarte para poder cumplir con todo.
Porque sí, qué bonito sentirse querida. Qué bonito que te inviten a bodas, bautizos, despedidas, cumpleaños, brunches, comidas, cenas, aniversarios, "cafecitos pendientes", clases especiales, viajes de amigas, graduaciones y eventos que misteriosamente siempre requieren outfit nuevo, regalo y energía emocional estable.
Uno creería que la felicidad máxima es tener una agenda social llena. Y sí lo es, hasta que necesitas abrir un documento de Excel para organizar tu agenda social.
Y es que hasta hace unos años, recibir una invitación era emoción pura. Hoy, además de emoción, viene acompañada de taquicardia y una operación de agilidad mental digna de un campeón de ajedrez. "Ok, si la boda es el sábado, pero el viernes tengo trabajo y el domingo comida familiar, entonces quizá puedo dormir en el coche entre evento y evento". Y lo peor es que no solo queremos ir. Queremos ir bien. Porque ya no basta con aparecer. Hay que llegar puntuales, arregladas, felices, presentes, socialmente encantadoras y emocionalmente disponibles.
Y además existe otro problema gravísimo del mundo adulto: todos los eventos suceden el mismo día. No sé quién organiza el calendario universal de las bodas, pero claramente hay un comité que decidió concentrar toda celebración humana en exactamente la misma semana, preferentemente en jueves y sábado, y en lugares a dos horas y media de distancia.
Entonces una vive haciendo maromas físicas y mentales: que si alcanzas a ir a la ceremonia, pero no a la fiesta; que si te cambias en el coche; que si mandas regalo "aunque no puedas ir" para que no parezca que desapareciste emocionalmente de la faz de la tierra; que si calculas cuánto tiempo puedes quedarte sin verte grosera, cuando la verdad necesitas irte temprano porque, obviamente, tienes otro evento esperándote al otro lado de la ciudad.
Y luego está el tema del cansancio social. Ese cansancio del que nadie habla porque se supone que deberíamos sentirnos afortunadas de tener tanta gente que nos quiere cerca. Y sí, lo somos.
Pero también llega un momento en que una empieza a extrañar cosas muy simples. Como un sábado sin maquillaje. O un domingo sin tener que convivir. O el lujo máximo de contestar: "No puedo ir" sin sentir culpa. Porque, curiosamente, mientras más crece nuestra vida social, más valiosa se vuelve nuestra paz.
Y ahí está el verdadero conflicto moderno: queremos estar para la gente que queremos, pero también queremos estar para nosotras mismas.
Queremos celebrar a nuestros amigos, abrazar a la familia, acompañar momentos importantes, pero también queremos dormir ocho horas, no correr todo el día y no sentir que vivimos en el salón de belleza o cambiándonos de ropa en estacionamientos.
Y tal vez madurar también significa entender eso: que no faltar a todo no nos convierte en mejores personas. Pero tampoco asistir a todo nos convierte en las peores.
A veces, cuidar nuestra paz mental también implica elegir. Elegir qué eventos realmente podemos disfrutar. Elegir dónde sí podemos estar presentes de corazón y no solo físicamente. Elegir descansar sin sentir que estamos decepcionando al mundo.
Porque, honestamente, si llegamos agotadas, estresadas y pensando en el siguiente compromiso, tampoco estamos disfrutando nada. Y la vida no debería sentirse como una eterna carrera entre bodas con tráfico incluido.
Así que sí: qué maravilla ser tan queridas, tan tomadas en cuenta, tan invitadas. Pero si algún día me ven rechazando una invitación solo para quedarme en pants viendo una serie y cenando cereal, sepan que no es falta de cariño. Es supervivencia emocional.
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