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MENSTRUAR EN SILENCIO YA NO ES OPCIÓN

NAYELI RANGEL

Cada 28 de mayo se conmemora el Día Internacional de la Higiene Menstrual, una fecha que, aunque todavía incómoda para muchos, se ha convertido en un recordatorio urgente de una realidad que durante décadas fue escondida entre susurros, vergüenza y desinformación.

En México, millones de niñas, adolescentes y mujeres viven la menstruación con carencias que van mucho más allá de lo biológico. No se trata solamente de toallas sanitarias, tampones o copas menstruales. Se trata de dignidad.

Todavía hoy existen niñas que faltan a la escuela porque no tienen acceso a productos menstruales, porque en sus escuelas no hay agua o puertas en los baños. Mujeres indígenas, mujeres en situación de calle o internas en reclusorios que improvisan con papel, tela o materiales poco higiénicos porque el dinero no alcanza. Adolescentes que viven su primera menstruación con miedo porque nadie les explicó qué estaba ocurriendo con su cuerpo.

Y quizá lo más preocupante es que en muchos lugares se sigue hablando del tema en voz baja.

La pobreza menstrual existe. Y no distingue estados, ciudades ni clases sociales, de la manera en que muchos quisieran creer. Aunque México ha avanzado en algunas políticas públicas -como la eliminación del IVA a productos de gestión menstrual-, la conversación sigue siendo insuficiente frente a una realidad profundamente normalizada.

La menstruación continúa siendo motivo de burla en escuelas, tabú en familias y tema incómodo en espacios laborales. Mientras tanto, miles de mujeres padecen dolores incapacitantes, trastornos hormonales que muchas veces son minimizados con frases como "es normal" o "ni la primera ni la última".

No debería ser revolucionario hablar de algo que vive casi la mitad de la población.

Sin embargo, lo sigue siendo.

Por eso, esta fecha no habla únicamente de higiene menstrual. Habla de salud, educación, igualdad y derechos humanos. Habla también de romper generaciones enteras de silencio.

En los últimos años, colectivas feministas, activistas, maestras y profesionales de la salud hemos impulsado una conversación más abierta y más humana sobre el ciclo menstrual. Hemos insistido en algo fundamental: menstruar dignamente no debería ser difícil para ninguna mujer.

Que una niña pueda pedir una toalla sanitaria sin sentir pena. Que una adolescente pueda hablar de su periodo sin miedo a las burlas. Que una mujer pueda reconocer su dolor sin ser invalidada. Que los insumos de gestión menstrual puedan ser brindados en centros de salud.

Porque la dignidad también se construye desde lo cotidiano.

Y porque callar lo natural nunca debió ser la costumbre.

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