En una pequeña aldea de Nepal, donde las costumbres parecen sobrevivir al paso de las generaciones, existe una particularidad que llama la atención de cualquier visitante: todos los gatos llevan un collar con cascabeles.
Nadie sabe exactamente cuándo comenzó la práctica. Los habitantes más jóvenes aseguran que siempre fue así. Algunos vecinos sostienen que los cascabeles sirven para localizar a los animales cuando se alejan demasiado. Otros creen que se trata simplemente de un adorno. Los ancianos, en cambio, hablan de una tradición tan antigua que ya nadie recuerda su origen.
Lo cierto es que los felinos recorren libremente calles, patios y casas. Se los ve saludables y bien alimentados. No faltan manos dispuestas a dejarles sobras o llenar sus recipientes con comida. Sin embargo, detrás de esa aparente prosperidad y tranquilidad, se esconde una condición singular.
Observé a los gatos durante muchas horas y ninguno de ellos puede cazar.
Los gatos conservan intactos los movimientos, la paciencia y la concentración de sus ancestros. Se agazapan entre los pastizales, observan con atención y calculan distancias con precisión. Pero cuando llega el momento decisivo, el sonido del cascabel rompe el silencio. Ratones, pájaros e insectos detectan la amenaza y escapan antes de que la emboscada pueda concretarse.
Los intentos se repiten una y otra vez. El resultado también. Todos los gatos intentan cazar, pero el sonido del cascabel que llevan los delata y les da tiempo a sus ocasionales presas para escapar.
Algunos pobladores aseguran haber visto escenas que les provocaron cierta incomodidad. Gatos inmóviles durante largos minutos frente a una presa que ya conocía su presencia; persecuciones breves y frustradas; regresos silenciosos después de una nueva derrota.
Quizás por eso, dicen algunos pobladores, existe en aquellos gatos una expresión difícil de describir. No parece hambre ni enfermedad. Es una tristeza tenue, persistente, que aparece especialmente cuando se acercan a las personas.
En ocasiones, ciertos gatos se sientan frente a los hombres y maúllan durante varios minutos. Los vecinos suelen interpretar esos gestos como una simple búsqueda de alimento o afecto. Les ofrecen comida, les acarician la cabeza y continúan con sus tareas.
Pero hay quienes sospechan otra cosa.
Tal vez esos animales intentan comunicar una desgracia que nadie comprende. Tal vez piden ayuda para liberarse de aquello que los acompaña desde el nacimiento. Sin embargo, los habitantes de la aldea nunca han entendido su desesperanza.
Para ellos, los cascabeles forman parte del paisaje.
Para los gatos, quizás, los cascabeles son una condena.
No pueden desplegar su instinto ni su esencia.
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