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LAS NIÑAS INVISIBLES DEL TRABAJO INFANTIL

Desde 2002, cada 12 de junio se conmemora el Día Mundial contra el Trabajo Infantil. Fue instituido por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) para visibilizar y exigir el fin de toda explotación laboral que afecte el desarrollo, la educación y la integridad de millones de niñas, niños y adolescentes que padecen esta situación.

Cada 12 de junio se nos recuerda una realidad que persiste en México y en muchas partes del mundo: millones de niñas, niños y adolescentes continúan realizando actividades que vulneran sus derechos, limitan su desarrollo y comprometen su futuro. Tan solo en México, de acuerdo con la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil (ENTI) 2022, hay 2.1 millones de niñas, niños y adolescentes que se encontraban en una ocupación no permitida. Esto quiere decir que trabajaban siendo menores de 15 años o que, después de esa edad, realizaban una ocupación considerada peligrosa por la Ley Federal del Trabajo.

Sin embargo, dentro de esta problemática existe una dimensión que con frecuencia permanece oculta: la situación de las niñas. Según la misma ENTI, había 598,669 niñas trabajando, contra 1,533,312 niños desarrollando una actividad considerada trabajo infantil. Pareciera que la participación de las niñas es mucho menor; sin embargo, en estas mediciones se toman en cuenta sectores económicos más visibles, por ejemplo, el sector agropecuario, los servicios y el comercio.

Cuando hablamos de trabajo infantil solemos imaginar a niñas, niños y adolescentes desempeñando labores en el campo, en talleres o incluso en las calles. No obstante, una parte importante del trabajo que realizan las niñas ocurre dentro de los hogares y permanece invisibilizada por las estadísticas, las costumbres y las normas sociales que históricamente han asignado a las mujeres las tareas de cuidado.

En México, miles de niñas destinan una cantidad significativa de su tiempo a actividades domésticas intensivas, al cuidado de hermanos menores, personas enfermas o adultas mayores, además de colaborar en negocios familiares o desempeñar actividades económicas. Aunque muchas de estas labores son consideradas por algunos sectores como una ayuda natural dentro del hogar, cuando interfieren con la educación, el descanso, la recreación o el desarrollo integral de las niñas, constituyen una forma de trabajo infantil que debe ser atendida.

Las consecuencias son profundas. Las niñas que asumen responsabilidades excesivas desde edades tempranas enfrentan mayores riesgos de rezago escolar o abandono educativo. Mientras sus compañeros estudian, juegan o participan en actividades recreativas, muchas de ellas dedican horas a tareas que no corresponden a su etapa de desarrollo.

Esta situación propicia que la brecha entre mujeres y hombres inicie desde la infancia. Se reproducen ciclos de desigualdad de género porque, cuando una niña deja de asistir regularmente a la escuela para realizar labores domésticas o de cuidado, sus posibilidades de acceder a empleos formales y mejor remunerados disminuyen. Así, la carga del trabajo infantil no solo afecta su presente, sino que condiciona su futuro y perpetúa brechas económicas y sociales que afectan a generaciones enteras.

A ello se suma que las niñas en situación de trabajo infantil suelen enfrentar riesgos específicos. En determinados contextos pueden estar más expuestas a diversas formas de violencia, explotación y discriminación. Su condición de edad y género las coloca en una situación de especial vulnerabilidad que exige respuestas diferenciadas por parte de las instituciones públicas y de la sociedad en su conjunto.

La erradicación del trabajo infantil no puede entenderse únicamente como la prohibición de actividades económicas realizadas por niñas, niños y adolescentes menores de 15 años. Requiere abordar las causas estructurales que lo originan: la falta de trabajos dignos para los adultos, la falta de acceso a servicios de cuidado, las barreras educativas y los estereotipos de género que continúan asignando a las niñas responsabilidades que no deberían asumir.

Por ello, las políticas públicas dirigidas a prevenir y erradicar el trabajo infantil deben incorporar una perspectiva de género. Es indispensable generar condiciones que permitan a las familias acceder a ingresos dignos, fortalecer los sistemas de protección social, ampliar los servicios de cuidado y garantizar que las niñas permanezcan en la escuela y ejerzan plenamente sus derechos.

En este esfuerzo, la coordinación entre los distintos órdenes de gobierno, las organizaciones de la sociedad civil, el sector privado, las comunidades y las familias resulta fundamental. La prevención del trabajo infantil no es responsabilidad exclusiva de una institución; es una tarea colectiva que requiere compromiso permanente y acciones sostenidas.

Conmemorar el Día Mundial contra el Trabajo Infantil implica mucho más que recordar cifras o difundir mensajes. Significa comprometernos a construir un país donde ninguna niña tenga que elegir entre estudiar o trabajar, entre jugar o cuidar, entre soñar o sobrevivir. Porque garantizar una infancia libre de trabajo infantil no es únicamente una obligación legal; es una condición indispensable para construir una sociedad más justa, igualitaria y libre de discriminación.

Te invito a seguir nuestras redes sociales (@ffemmex) para que conozcas más información sobre este y otros temas, así como el trabajo que Fundación Femmex realiza en favor de los derechos de las mujeres y niñas de México. Escríbenos a jorge@squadracr.com.

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