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GANAR SI SE PUEDE, DESTRUIR NO

LUCY HOP.-

Por alguna razón que la ciencia todavía no ha logrado explicar del todo, cada vez que la Selección Mexicana gana un partido importante en un Mundial, millones de mexicanos sentimos la necesidad de salir a las calles a festejar. Y está perfecto. Después de todo, no todos los días compartimos una alegría colectiva tan grande.

Yo misma entiendo la emoción. Empieza el partido y una pasa por todas las etapas posibles: optimismo, nervios, desesperación, esperanza, sufrimiento y, finalmente, euforia. Cuando cae el gol de la victoria, los gritos se escuchan desde la sala, la cocina, la azotea y, probablemente, hasta desde la casa del vecino que juró que no iba a ver el partido.

Lo que nunca he entendido del todo es por qué algunas personas interpretan el festejo como una invitación a poner en riesgo su integridad física escalando monumentos históricos.

Porque una cosa es celebrar que México ganó y otra muy distinta es pensar: "¿Saben qué haría este momento aún más especial? Treparme a una estatua de varios metros de altura".

Cada Mundial ocurre el mismo fenómeno. Miles de aficionados se reúnen en lugares emblemáticos para compartir la alegría, especialmente en el emblemático Ángel de la Independencia. El ambiente suele ser increíble: familias, amigos, turistas y aficionados unidos por una misma pasión. Sin embargo, a veces la emoción termina traduciéndose en daños al mobiliario urbano, basura acumulada o afectaciones a monumentos que forman parte del patrimonio de todos.

Y es una lástima, porque esos espacios también representan a México. Celebrar sanamente no significa festejar menos. Significa hacerlo mejor.

Significa cantar, abrazarse, ondear la bandera, tocar el claxon un ratito, tomarse fotografías y disfrutar del momento sin convertir el espacio público en una víctima colateral de la felicidad futbolera.

Además, si lo pensamos bien, el verdadero protagonista del festejo debería ser el triunfo de la selección, no el video viral de alguien colgado de una lámpara pública intentando demostrar cuánto ama el fútbol.

Los monumentos no meten goles. Las bancas no juegan de defensa. Los semáforos no son parte del cuerpo técnico.

El Mundial tiene una capacidad única para unirnos. Durante unas horas dejamos de lado las diferencias y compartimos una misma ilusión. Por eso sería maravilloso que nuestras celebraciones reflejaran también lo mejor de nosotros: la alegría, el entusiasmo, el sentido del humor y el respeto por los espacios que compartimos.

Si México gana, salgamos a festejar. Cantemos más fuerte. Abracemos a más gente. Tomemos más fotos. Pero dejemos los monumentos completos para el día siguiente. Porque una gran afición no se mide por el tamaño de la fiesta, sino por su capacidad de celebrar sin destruir aquello que también nos representa como país.

Y si algún día llega esa tan soñada Copa del Mundo, que el único daño registrado sea el de nuestras cuerdas vocales después de tanto gritar: ¡México campeón!

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