México está viviendo un Mundial histórico.
Las calles están llenas de camisetas, banderas, fotografías y conversaciones sobre fútbol. Durante unas semanas, el mundo entero mira hacia nuestro país. Cada gol se convierte en noticia. Cada celebración se vuelve viral. Cada historia curiosa encuentra un espacio en los medios y en las redes sociales.
Y en medio de esa fiesta apareció Merlín, un pato que conquistó internet, se ganó el cariño de miles de personas y terminó convirtiéndose en uno de los símbolos más inesperados del Mundial. Su historia es entrañable. Nos recuerda la capacidad que tenemos para conectar con aquello que nos provoca ternura, esperanza y alegría.
Pero esta semana, mientras veía fotografías del pato recorriendo escenarios que millones de personas observan, no pude evitar hacerme una pregunta incómoda:
¿Qué se necesita para ser vista en México?
Porque mientras algunas historias ocupan titulares, existen otras que llevan años intentando encontrar un espacio en nuestra conversación colectiva.
Historias de mujeres.
Historias de madres.
Historias de búsqueda.
Las madres buscadoras no están buscando fama. No están buscando seguidores. No están buscando convertirse en tendencia.
Están buscando a sus hijos.
Y eso debería bastar para que todo un país les prestara atención.
Hoy, México registra más de 134 mil personas desaparecidas, de acuerdo con el Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas. Detrás de cada número hay un nombre. Una historia. Una madre o una familia que no se detiene.
Sin embargo, han tenido que aprender a convertirse en investigadoras, peritas, rastreadoras, voceras y activistas. Han recorrido desiertos, montañas, carreteras y terrenos abandonados. Han encontrado pistas donde las autoridades no encontraron nada. Han sostenido fotografías durante años, esperando una respuesta que muchas veces nunca llega.
Y lo han hecho, muchas veces, sin protección alguna. De acuerdo con la organización Artículo 19, entre 2010 y 2026, al menos 44 personas buscadoras han sido asesinadas o desaparecidas por el simple hecho de intentar encontrar a sus familiares.
El pasado 11 de junio, horas antes de la inauguración del Mundial, decenas de madres buscadoras marcharon hacia los alrededores del Estadio Ciudad de México. No buscaban protagonismo. Buscaban que, por un instante, las cámaras que apuntan al deporte voltearan también hacia ellas.
Lo más doloroso es que muchas de ellas comenzaron siendo madres comunes y corrientes.
Madres que preparaban desayunos.
Que ayudaban con tareas.
Que esperaban a sus hijos para cenar.
Hasta que un día la desaparición les cambió la vida para siempre. Y entonces tuvieron que aprender a vivir entre la esperanza y la ausencia.
Quizá por eso su lucha resulta tan poderosa. Porque no nace de la ideología. Nace del amor. Un amor tan inmenso que es capaz de atravesar el miedo, la burocracia, el cansancio y los años. Un amor que se niega a rendirse.
En Fundación Femmex hablamos constantemente del poder de las mujeres para transformar la realidad. Y pocas expresiones de esa fuerza son tan contundentes como las madres buscadoras.
Ellas nos recuerdan que el cuidado también es resistencia.
Que la maternidad también puede ser una forma de activismo.
Que una mujer decidida puede mover montañas cuando se trata de proteger a quienes ama.
Mientras el Mundial nos regala momentos de celebración y unidad, quizá también sea una oportunidad para preguntarnos hacia dónde dirigimos nuestra atención. Porque una sociedad se define no solo por aquello que celebra, sino también por aquello que decide no ignorar.
Tal vez la pregunta más importante de esta semana no sea quién ganó el partido. Tal vez la pregunta sea otra: ¿a quiénes estamos dejando fuera de la conversación?
Porque detrás de cada ficha de búsqueda hay una historia. Detrás de cada fotografía hay una familia. Y detrás de cada madre buscadora hay una mujer que se niega a que el amor por sus hijos desaparezca.
Cuando termine el Mundial y las cámaras se apaguen, ellas seguirán ahí. Caminando. Buscando. Esperando.
Y quizá lo mínimo que podemos hacer como sociedad es no dejar de mirarlas.
Porque hay mujeres que luchan por cambiar el mundo. Y hay otras que, todos los días, luchan simplemente por volver a abrazar a quienes aman.
Y esa también es una historia que merece ser vista.
Te invitamos a continuar esta conversación y a formar parte de nuestra comunidad en redes sociales: @vengavibremospositivo, @ffemmex y @pilipavoncreativa. Porque cuando una historia se comparte, una conciencia despierta; y cuando muchas voces se unen, la transformación se vuelve posible.