La semana pasada mi teléfono no dejó de sonar. Notificaciones, videos, fotografías, transmisiones en vivo y mensajes sobre la tragedia que viven miles de personas en Venezuela tras los terremotos. Como muchas personas, sentí un nudo en el estómago. Es imposible ver el dolor ajeno y permanecer indiferente.
Pero, después de varios minutos (que terminaron siendo horas) viendo imágenes una tras otra, me di cuenta de algo: yo estaba completamente paralizada. No estaba ayudando a nadie. Solo estaba acumulando angustia.
Vivimos en una época en la que podemos enterarnos, prácticamente en tiempo real, de cualquier tragedia que ocurra en el mundo. Esa inmediatez nos permite solidarizarnos, organizarnos y tender la mano a personas que están a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, también tiene un costo que pocas veces reconocemos: el desgaste emocional.
Las redes sociales tienen un algoritmo muy preciso. Si detecta que vemos un video sobre una tragedia, inmediatamente nos muestra otro. Y luego otro. Y otro más. Sin darnos cuenta, pasamos horas consumiendo imágenes de destrucción, llanto y desesperación.
Llega un momento en el que nuestro cerebro ya no distingue entre estar informados y estar saturados. No creo que nadie se vuelva más solidario por ver cincuenta videos del mismo edificio derrumbado. Tampoco pienso que medir nuestro compromiso dependa del tiempo que pasemos sufriendo frente a una pantalla. Al contrario, creo que la solidaridad más valiosa es la que se convierte en acción.
Si realmente queremos ayudar a las familias venezolanas que hoy atraviesan uno de los momentos más difíciles de sus vidas, quizá nuestra energía esté mejor invertida buscando organizaciones confiables para donar, difundiendo información verificada, apoyando campañas humanitarias o preguntando a la comunidad venezolana que vive en nuestros países qué necesita y cómo podemos colaborar. Eso sí cambia algo. Eso sí tiene impacto. Porque el dolor compartido puede generar empatía, pero la empatía sin acción termina convirtiéndose únicamente en agotamiento.
Existe incluso un fenómeno del que cada vez se habla más: la fatiga por compasión. Ocurre cuando estamos expuestos de forma constante al sufrimiento ajeno y, poco a poco, nos sentimos emocionalmente exhaustos. Paradójicamente, cuanto más saturados estamos, menos capacidad tenemos para actuar. Por eso, cuidar nuestra salud mental no es un acto de egoísmo. Es una forma de conservar la fuerza necesaria para seguir ayudando.
No se trata de ignorar lo que sucede ni de mirar hacia otro lado. Se trata de poner límites saludables al consumo de información. Elegir momentos específicos para informarnos, evitar compartir imágenes dolorosas sin necesidad y recordar que una donación, un mensaje de apoyo o una hora de voluntariado suelen aportar mucho más que permanecer horas frente al teléfono sintiéndonos impotentes.
Las personas que hoy enfrentan esta tragedia necesitan ayuda concreta, no espectadores emocionalmente agotados. Y nosotros también necesitamos recordar que no podemos cargar con todo el dolor del mundo. Sí podemos acompañarlo. Sí podemos responder con generosidad. Sí podemos hacer nuestra parte.
La solidaridad no se mide por cuántas lágrimas derramamos viendo videos en redes sociales. Se mide por las vidas que logramos tocar gracias a nuestras acciones. Así que seguiré informándome. Seguiré preocupándome. Seguiré buscando maneras de ayudar.
Pero también apagaré el teléfono cuando sea necesario, respiraré profundo y cuidaré mi salud mental. Porque una mente serena toma mejores decisiones, ayuda durante más tiempo y nunca deja de tender la mano cuando realmente hace falta.
Te invitamos a seguirnos en nuestras redes sociales: en Facebook como vibremospositivo; en Instagram como @jorge_lpz, @vengavibremospositivo y @lucyhopco. Escríbenos a jorge@squadracr.com.