El domingo perdió México en el Mundial y yo, como mexicana, debo confesar que estoy devastada. No devastada de "se me acabó la vida", pero sí de "no me hablen en los próximos tres días, no me pregunten qué hay de cenar y, por favor, que nadie diga la frase: 'es solo futbol'". Porque no. No es solo futbol.
Es la ilusión colectiva. Es la camiseta puesta con fe casi religiosa. Es el grupo de WhatsApp familiar convertido en sala de análisis táctico. Es gente que no sabe dónde dejó las llaves, pero sí recuerda perfectamente qué jugador debió haber entrado al minuto 62. Es un país entero respirando al mismo tiempo, gritando al mismo tiempo y, al final, suspirando con ese dolor tan mexicano de "otra vez estuvimos cerca".
Y sí, duele. Duele perder. Duele ilusionarse. Duele ver cómo se acaba un sueño que, aunque sabíamos que era difícil, ya lo habíamos decorado mentalmente con mariachi, confeti y un "Y SI SÍ" en letras gigantes.
Pero justamente por eso creo que vale la pena hablar de algo que nos cuesta muchísimo: saber perder. Y no me refiero a perder con una sonrisa falsa, como si fuéramos personajes de comercial de cereal saludable. Tampoco a fingir que no importa. Claro que importa. Perder algo que queríamos duele, frustra, enoja y hasta nos hace buscar culpables con la precisión de un detective del FBI: el árbitro, el técnico, el clima, la alineación, el VAR, etc. Pero saber perder no significa que no duela. Significa que el dolor no nos convierta en alguien peor. Ahí está la clave.
Porque perder con dignidad no es negar la derrota, es mirarla de frente. Es aceptar que no siempre se gana aunque se haya luchado. Es entender que el esfuerzo no siempre trae el resultado que esperábamos, pero casi siempre trae una lección. Y eso aplica para el futbol, para el trabajo, para las relaciones, para los proyectos y hasta para esa dieta que una empieza el lunes y pierde contra un pan dulce el martes.
La derrota tiene una forma muy incómoda de enseñarnos. No pide permiso. No llega con moñito. No nos dice: "Buenas tardes, vengo a ayudarte a crecer". No, ella llega, se sienta en la sala, se acaba la botana y encima nos obliga a pensar. Pero si la escuchamos, nos revela cosas importantes.
Nos enseña en qué fallamos. Nos muestra qué podemos mejorar. Nos recuerda que nadie está exento de caer, ni siquiera cuando trae uniforme, bandera y millones de personas rezando frente a la televisión. También nos enseña algo que como sociedad necesitamos practicar más: perder sin destruir, sin insultar, sin humillar, sin convertir la frustración en violencia. Porque una cosa es gritarle a la pantalla y otra muy distinta es perder la cabeza. Una cosa es llorar la eliminación y otra es agarrarnos del enojo como si fuera medalla olímpica. Saber perder también es saber regresar a casa, respirar, reconocer el esfuerzo y decir: "me dolió, pero mañana seguimos". Y eso no es conformismo. Es madurez.
A veces confundimos aceptar una derrota con rendirnos. Creemos que si no hacemos berrinche, entonces no nos importaba. Pero no. Se puede estar triste y ser sensata. Se puede estar enojada y ser respetuosa. Se puede estar decepcionada y aun así reconocer que enfrente hubo otro equipo que también jugó, también luchó y también quería ganar. Qué difícil es eso, ¿no? Reconocer mérito ajeno cuando una todavía está viendo el techo preguntándose por qué la vida es tan injusta. Pero también ahí se mide el carácter.
Ganar es delicioso. Ganar es fácil de presumir. Ganar nos queda bien a todos. En la victoria somos generosos, simpáticos, filosóficos. Hasta damos consejos. Pero la derrota… la derrota nos desnuda. Ahí se ve quién sabe levantarse, quién aprende, quién culpa a todos y quién entiende que perder no es el final, sino una parte inevitable de cualquier camino que valga la pena.
México perdió y yo sigo triste. No voy a fingir superioridad emocional. Todavía me duele. Todavía siento que necesitábamos ese triunfo como país, como afición y como corazón futbolero que ha acumulado demasiadas frases de "ya merito".
Pero también siento orgullo. Porque ilusionarse también es valiente. Creer otra vez, aunque ya nos hayan roto el corazón antes, también habla de esperanza. Y si algo tenemos los mexicanos es esa capacidad casi absurda de volver a creer. Nos caemos, nos quejamos, hacemos memes, analizamos jugadas como si fuéramos cuerpo técnico certificado y, eventualmente, volvemos a decir: "bueno, para el próximo Mundial". Así somos.
Y quizá esa sea la lección más bonita dentro de una derrota tan amarga: perder no nos quita lo vivido. No borra los gritos, la emoción, la unión, los abrazos, los nervios ni ese momento en el que todos, aunque fuera por un ratito, sentimos que estábamos del mismo lado. Perder tampoco nos define para siempre. Lo que nos define es qué hacemos después. Si aprendemos o solo reclamamos. Si mejoramos o solo buscamos culpables. Si nos levantamos o nos quedamos instalados en la tragedia con cobija, control remoto y cara de "no me hablen".
Porque saber perder también implica permitirse sentir. Llorar si hace falta. Enojarse un poco. Mandar tres memes dramáticos. Decir "no lo puedo creer" unas quince veces. Pero después, cuando baje la espuma emocional, toca levantarse. Toca mirar hacia adelante. Toca entender que las derrotas, aunque duelan, también construyen.
El domingo perdió México, sí. Y yo estoy devastada, sí. Pero también sé que perder no es fracasar. Fracasar sería no aprender nada. Fracasar sería dejar de intentarlo. Fracasar sería permitir que una derrota nos robe la esperanza. Así que hoy nos toca hacer lo más difícil: aceptar, aprender y seguir creyendo. Con el corazón un poco roto, claro. Pero con la camiseta todavía puesta.
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