Eran los 80, principios de septiembre, y en la casa de todo México había una frase en común: "¡Por fin comienzan MIS vacaciones!" Eran las madres de familia aliviadas por el inicio del ciclo escolar. Si bien era "broma", no se sentía como tal: mi mamá, como muchas otras, estaba agotada de tener que contener a cuatro chamacos que habían pasado el verano en casa. Y eso que antes no tenían que entretenernos, porque si nos aburríamos era nuestra tarea desaburrirnos.
¿LA COSA HA CAMBIADO?
Aquella mamá de los ochenta, en la mayoría de los casos, no tenía un empleo fuera de casa. Su trabajo durante el año escolar era administrar la casa con los niños afuera ocho horas al día. Cuando llegaban las vacaciones, perdía ese único espacio bien organizado: ahora tenía la misma carga doméstica, más tres o cuatro personas pequeñas reclamando atención, comida y entretenimiento las 24 horas. De ahí el chiste. De ahí también el cansancio real detrás del chiste.
Lo que cambió no es la carga, es que ahora esa misma mujer, en millones de hogares mexicanos, también tiene obligaciones fuera de casa que no pausan porque empezó la vacación.
La escuela no es solo aprendizaje: es la maestra organizadora invisible de la vida doméstica. Y cuando termina, alguien tiene que absorber ese caos... y ese alguien, en la inmensa mayoría de los hogares mexicanos, sigue siendo una mujer.
Para la mamá que puede pagarlo, el verano se vuelve un rompecabezas de campamentos, cursos y horarios extendidos. Y tomemos en cuenta el costo: cuatro semanas en un curso de verano pueden costar entre 7 mil y 10 mil pesos por hijo, y eso sin contar los días que no cubre, los traslados ni la carga mental de haber investigado seis opciones antes de elegir una.
Este año el asunto fue muy, muy evidente cuando la SEP analizó adelantar el cierre escolar cinco semanas por el Mundial. Fue una locura: madres y padres realmente preocupados de qué iban a hacer con las infancias, sin contar, por supuesto, el conocimiento que dejarían de adquirir.
Ahí también se hizo evidente algo: lo que eso costaría a las familias en cuidado infantil -entre 12 mil y 20 mil pesos extras solo en CDMX- mostró lo que ya sabíamos: la escuela sostiene una economía entera de cuidados que nadie contabiliza.
Y, claro, esto solo para las familias que tienen los recursos económicos para costearlo. ¿Qué pasa con las demás?
La señora del salón de uñas, la que atiende la panadería de la esquina, la que vende en el tianguis… cuando la escuela cierra, sus hijos no se van a ningún campamento; se van con ella al local, si el cliente no se queja, si el espacio alcanza, si el calor no los aplasta y, claro, si el jefe lo permite (en rarísimos casos, hay que decirlo).
Para millones de mujeres en la economía informal, refugiarse ahí no es una elección: es la única "guardería" disponible. El trabajo formal, con su horario rígido y dos horas de traslado, es incompatible con un período vacacional largo y sin red de apoyo. Entonces no hay formalidad posible, y no hay vacaciones reales tampoco.
NO ES PERCEPCIÓN, ES REALIDAD
No es que las mamás "sientan" que cargan más, lo cargan, medido en pesos y en horas. Según el INEGI, en 2024, el valor económico del trabajo doméstico y de cuidados en México fue de más de 8 billones de pesos, equivalente a casi el 24 % del PIB nacional, y las mujeres aportaron el 72.6 % de ese valor frente al 27.4 % de los hombres. En términos individuales, cada mujer realizó trabajo no remunerado valuado en 82,339 pesos al año, frente a 34,695 pesos por hombre: 2.7 veces más.
Y esto no nace en la adultez. Las niñas de entre 5 y 11 años dedican en promedio 4.7 horas a la semana a labores del hogar, frente a 3.9 horas de los niños. La brecha se entrena desde la infancia, antes de que nadie elija nada consciente: a las niñas se les asigna ayuda doméstica un poco más temprano, un poco más seguido. Para cuando son adultas con hijos propios, la idea de que "ellas se encargan" ya no es una decisión, es una inercia con años de entrenamiento detrás.
NO SOLO LAS NIÑAS…
Ah, pero también hay otra opción (para las que la tienen, claro): cuando no hay con quién, hay abuela. En México, 31.6 millones de personas cuidan sin recibir un peso a cambio. Tres de cada cuatro son mujeres y, entre ellas, después de las madres, son las abuelas quienes cargan la mayor parte, no por vocación infinita, sino porque alguien tiene que hacerlo y el Estado sigue sin construir suficientes estancias ni escuelas de tiempo completo para todas.
¿Y LOS PADRES?
No es que los papás de hoy no quieran estar presentes, muchos sí quieren y lo vemos: es evidente que los papás actuales se involucran mucho más en los cuidados de las hijas e hijos que las generaciones anteriores. Pero también seamos realistas: existe un problema estructural, no siempre de voluntad individual. En México, la licencia de paternidad por ley es de apenas 5 días laborables, frente a las 12 semanas de licencia de maternidad. Esa diferencia no es un detalle administrativo, es un dictamen social que se ha transmitido de generación en generación: le dice a cada familia, desde el primer día del primer hijo, quién es "el cuidador principal" y quién es "el que ayuda".
Esa asimetría se arrastra todos los años después. Según el IMCO, el 51 % de las madres tuvieron que pausar su carrera profesional por motivos personales, frente a solo el 20 % de los padres. No es casualidad: es la consecuencia lógica de un sistema donde, desde la ley, el cuidado se diseñó como tarea de mamá y excepción ocasional de papá.
Se sigue esperando que sea mamá quien resuelva, quien cuide y quien se encargue de "las cosas de los niños".
El resultado es siempre el mismo, sin importar el nivel socioeconómico: una mujer resolviendo lo que debería ser una responsabilidad compartida. La diferencia es que a una le venden soluciones de diez mil pesos, y la otra no puede comprarlo; a ella le toca inventar. Las dos están agotadas. Las dos llevan décadas con el mismo chiste encima.
La frase de nuestras mamás envejeció mal porque describía algo que nunca se corrigió: que el cuidado de las infancias se piensa, por *default*, como territorio de mujeres. Lo que cambió no es esa expectativa, es que ahora se le suma un trabajo fuera de casa, sin quitarle nada del otro lado.
No se trata de encontrar en Pinterest o en voz de la influencer favorita el tip perfecto para que mamá "se organice mejor" este verano, eso ya se ha intentado, y lo único que logra es que ella se vuelva más eficiente cargando lo mismo, porque sí, de alguna manera lo logra. ¡No hay opción!
Ojalá estas vacaciones no sean solo responsabilidad de la madre, de la abuela o de las niñas mayores. Ojalá estas vacaciones sean organizadas mejor y que, paso a paso, avancemos hacia opciones más equilibradas en donde familias, empresas y el Estado se involucren por igual, porque, ya lo sabemos: para criar se requiere una villa entera, no solo es responsabilidad de una (agotadísima) mamá.
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