Me vine sola a la playa por quince días. Sola, yo y mi alma. Cuando lo cuento, la gente me mira con una mezcla de sorpresa, preocupación y sospecha, como si hubiera anunciado que me voy a retirar del mundo para fundar una secta de un solo integrante.
-¿Pero sola, sola? -me preguntan.
Sí. Sola, sola. Sin esposo, sin hijas, sin amigas, sin itinerarios compartidos y sin nadie preguntándome a qué hora vamos a desayunar, qué vamos a hacer después o por qué llevo veinte minutos viendo el mar sin hacer absolutamente nada. Y estoy feliz.
No estoy triste. No estoy abandonada. No estoy enojada con el mundo ni atravesando una crisis existencial. Tampoco estoy esperando que alguien venga a rescatarme. Solamente necesitaba dejar de escuchar tantas voces para poder reconocer la mía.
Vivimos rodeados de ruido. No solamente del tráfico, los teléfonos, las noticias, los mensajes y los audios que comienzan con "te lo cuento rapidísimo" y terminan doce minutos después.
También vivimos rodeados del ruido de las expectativas. Lo que debemos hacer, lo que esperan de nosotras, lo que todavía no hemos resuelto, lo que otros necesitan, lo que falta organizar y lo que, aparentemente, se derrumbaría si nosotras dejáramos de supervisarlo durante cinco minutos.
Por eso, cuando finalmente nos quedamos solas, el silencio puede resultar incómodo. Al principio, una no sabe muy bien qué hacer con tanto espacio. Nadie habla, nadie pide nada, nadie necesita una respuesta inmediata. Y entonces aparecen nuestros propios pensamientos, que llevaban meses esperando su turno.
Aparecen las preocupaciones, las dudas, los cansancios que habíamos ignorado y las conversaciones pendientes con nosotras mismas. Porque el silencio no siempre llega vacío. A veces llega lleno de todo aquello que no habíamos querido escuchar.
Tal vez por eso algunas personas le tienen tanto miedo a estar solas. No necesariamente porque extrañen a los demás, sino porque quedarse a solas significa encontrarse con una misma, sin distracciones, sin filtros y sin posibilidad de cambiar de tema. Y conocerse de verdad puede ser incómodo.
Estamos acostumbradas a definirnos a partir de nuestros vínculos y responsabilidades. Somos mamás, esposas, hijas, amigas, profesionistas, cuidadoras, organizadoras, solucionadoras oficiales de problemas ajenos y localizadoras internacionales de objetos perdidos. Pero ¿quién soy yo cuando nadie me necesita? ¿Quién soy cuando no estoy resolviendo, acompañando, contestando, aconsejando o cuidando?
Durante estos días estoy recordando que, antes de todos esos papeles, también existo yo. Una mujer con pensamientos propios, con silencios propios, con gustos que no necesitan votación y con una vida interior que merece atención.
Estar sola me ha permitido hacerme preguntas que, en medio de la rutina, rara vez aparecen. ¿Estoy viviendo como quiero o solamente como se espera de mí? ¿Qué cosas hago por deseo y cuáles por costumbre? ¿Qué me da paz? ¿Qué me pesa? ¿Qué necesito soltar?
No siempre tengo respuestas. Pero, al menos, ahora puedo escuchar las preguntas.
Estar sola también me recuerda algo importante: la soledad y el abandono no son lo mismo. La soledad impuesta puede ser dolorosa. La falta de afecto, de compañía o de vínculos profundos puede lastimar muchísimo. Pero la soledad elegida es otra cosa. Es un descanso.
Es un espacio para volver a una misma después de pasar demasiado tiempo disponible para todos los demás. Es comprobar que una puede sentarse a comer sola sin sentirse incompleta, caminar sin rumbo sin tener que explicar adónde va y pasar una tarde entera sin producir nada útil.
Porque también hemos convertido el descanso en una actividad que debe justificarse. Si no estamos trabajando, cuidando, organizando o aprendiendo algo, sentimos que estamos perdiendo el tiempo. Pero no todo momento de nuestra vida tiene que ser productivo. Hay instantes que solamente tienen que ser vividos.
Mirar el mar no resuelve problemas, pero a veces nos recuerda cuáles ni siquiera eran nuestros. El silencio no contesta todas las preguntas, pero ayuda a distinguir cuáles valen la pena. Y estar sola no elimina nuestras responsabilidades, pero puede devolvernos la fuerza para regresar a ellas sin sentir que hemos desaparecido dentro de la vida de los demás.
Aprender a estar con una misma también mejora la forma en que estamos con otros.
Cuando dejamos de necesitar compañía para escapar de nosotras, comenzamos a elegirla desde otro lugar. Ya no buscamos a la gente para llenar vacíos, sino para compartir plenitud. Ya no aceptamos cualquier ruido con tal de evitar el silencio. Ya no confundimos presencia con conexión.
Disfrutar la soledad no significa dejar de amar a los demás. Significa dejar de abandonarnos a nosotras mismas cuando estamos con ellos.
Por eso, estos quince días en la playa no son una huida. Son un reencuentro.
No me vine porque no quiera a mi familia, a mis amigas o a la gente que forma parte de mi vida. Me vine porque también quiero aprender a querer a la persona que soy cuando todos ellos no están cerca. Y, hasta ahora, la experiencia ha sido reveladora.
He descubierto que puedo desayunar a la hora que quiera, cambiar de plan sin consultar al consejo administrativo familiar y permanecer en silencio durante horas sin que ocurra ninguna tragedia.
El mundo sigue girando. Mi familia sigue funcionando. Los mensajes pueden esperar. Y yo sigo aquí. Más tranquila. Más ligera. Más consciente de mí misma.
Quizá la verdadera paz mental no consiste en lograr que todos los problemas desaparezcan, sino en crear un espacio interior en el que podamos escucharnos aun cuando afuera todo haga ruido.
Un lugar al que podamos regresar cuando la vida se vuelva demasiado intensa. Un lugar en el que no tengamos que impresionar, resolver ni demostrar nada. Un lugar en el que podamos simplemente ser.
Así que sí: me vine sola a la playa por quince días. Sola, yo y mi alma.
Y resulta que mi alma necesitaba que, por una vez, dejara de atender a todo el mundo y me sentara un rato a hacerle compañía.
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