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LA DEPRESIÓN BLANCA CUANDO LA OSCURIDAD DEL INVIERNO TAMBIÉN ENFERMA

CLAUDIO PENSO.-

Había escapado del desempleo, pero no de la tristeza.

Durante años buscó trabajo sin éxito en su país. La falta de oportunidades la empujó a emigrar, como hacen miles de personas cada año, convencidas de que cambiar de geografía también cambiará su destino. Noruega parecía ofrecer exactamente eso: estabilidad económica, seguridad y un salario que le permitía proyectar un futuro.

Los primeros meses confirmaron esa ilusión. Consiguió empleo, alquiló una habitación en un pequeño departamento compartido y comenzó a reconstruir una vida que creía perdida.

Sin embargo, cuando llegó el otoño, ocurrió algo inesperado.

Los días empezaron a encogerse hasta convertirse en apenas unas pocas horas de luz. En ciudades del norte de Noruega el sol puede permanecer oculto durante semanas en invierno, mientras que en otras regiones apenas asoma unas horas por encima del horizonte. Entonces regresó la angustia, una vieja conocida.

Lloraba sin motivo aparente. Dormía mal. Perdía el interés por todo. El cansancio se volvía permanente y la sensación de vacío se instaló lentamente.

Pensó que era estrés o nostalgia.

No lo era.

Los vecinos le explicaron que muchas personas sufrían exactamente lo mismo. Lo llamaban "depresión del invierno".

La medicina conoce este trastorno como Trastorno Afectivo Estacional (TAE), una forma de depresión vinculada a la reducción de la luz solar. La disminución de la luminosidad altera el reloj biológico, modifica la producción de melatonina -la hormona que regula el sueño- y afecta los niveles de serotonina, relacionada con el estado de ánimo.

Millones de personas experimentan este fenómeno cada año en los países nórdicos, Canadá, Alaska, Escocia o Islandia. Aunque no todos desarrollan una depresión clínica, el impacto sobre el bienestar psicológico es suficientemente importante como para que numerosos sistemas de salud recomienden tratamientos preventivos.

Entre ellos, la fototerapia ocupa un lugar central. Consiste en exponerse diariamente a lámparas de alta intensidad que imitan la luz solar. No utilizan rayos ultravioletas para el tratamiento del TAE, sino una luz brillante especialmente diseñada para compensar la falta de iluminación natural. También se aconsejan caminatas durante las pocas horas de claridad, actividad física y mantener rutinas regulares de sueño.

Ella recibió una de esas lámparas prestada por sus vecinos.

Después conoció oficinas donde los empleados comenzaban la jornada frente a paneles de luz. Escuelas que adaptaban sus horarios para aprovechar las pocas horas de sol. Personas que organizaban sus vacaciones únicamente para viajar hacia lugares más luminosos durante el invierno.

Comprendió que no era una debilidad personal.

Era una respuesta biológica.

Sin embargo, cada invierno la golpeaba con mayor intensidad.

Al cabo de tres años tomó una decisión que sorprendió a muchos, y regresó.

Volvía a un país con menos oportunidades laborales, salarios más bajos y un futuro incierto.

Pero también volvía a encontrarse con algo que había dejado de valorar cuando lo tenía todos los días. El sol.

A veces emigrar significa descubrir que la prosperidad también necesita luz.

Porque existen pobrezas económicas que pueden combatirse con trabajo.

Y existen oscuridades que ningún salario consigue iluminar.

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