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ESPEJITO, ESPEJITO… ¿QUIÉNES SOMOS?

SUSANA BAUTISTA

Hay algo maravilloso que regalan los años: la capacidad de mirar la vida con más perspectiva. El ensayo y error que vamos acumulando desde muy jóvenes hasta la adultez nos deja cicatrices, aprendizajes y, sobre todo, un conocimiento más profundo de quiénes somos. Poco a poco vamos quitándonos capas, afinando nuestra esencia y acercándonos a la persona que siempre estuvo ahí, esperando ser descubierta. Pero ¿realmente nos construimos solos?

Cada vez estoy más convencida de que no. Somos, en gran medida, el reflejo de nuestros vínculos: nuestra familia, nuestros padres, nuestros hermanos, esos amigos que terminan convirtiéndose en familia, los compañeros de trabajo, la propia escuela y, por supuesto, también nuestras parejas. Cada una de las personas que pasa por nuestra vida deja, de alguna forma, una huella. Nos inspira, nos confronta, nos enseña, nos reta y nos presta una mirada distinta del mundo. Nos contagia valores, ideas, costumbres, maneras de luchar y, sobre todo, de amar; también nos ayuda a descubrir partes de nosotros que ni siquiera sabíamos que existían.

¿Y si el espejo más intenso fuera la pareja? Es ahí donde nuestras luces y nuestras sombras encuentran el escenario perfecto para manifestarse. La convivencia, los desacuerdos, los proyectos compartidos, las diferencias y los desafíos cotidianos sacan a la superficie aspectos de nosotros mismos que, en otros contextos, quizá permanecerían ocultos. La pareja se convierte así en uno de nuestros grandes maestros: un espejo que nos invita a cuestionarnos, a conocernos con mayor profundidad y a comprender que, muchas veces, aquello que nos conmueve, nos irrita o nos fascina del otro habla también de nuestro propio mundo interior.

Algo similar ocurre en la relación entre padres e hijos. Con frecuencia proyectamos en ellos nuestras propias frustraciones, nuestros miedos o heridas que creíamos ya resueltas. Los patrones familiares tienden a repetirse, las historias encuentran nuevas formas de expresarse y la vida nos ofrece, una y otra vez, la oportunidad de mirar hacia dentro. Cada vínculo significativo se convierte, entonces, en una invitación a comprender, confiar, aceptar y, sobre todo, desarrollar la conciencia y las capacidades necesarias para seguir creciendo y evolucionando.

Hoy me preguntaba cómo podría definirse una persona y creo que la respuesta es mucho más sencilla de lo que parece: somos una mezcla de todas las personas que han caminado con nosotros. Somos también un pedacito de las diferentes culturas, creencias e historias que la vida ha puesto en nuestro camino. Cada encuentro nos deja algo: una idea, una forma distinta de resolver un problema, una manera de amar, de afrontar el miedo, de celebrar, de perdonar o, simplemente, de mirar el mundo. Sin darnos cuenta, vamos incorporando pequeños fragmentos de quienes admiramos y de quienes nos inspiran, hasta convertirlos en parte de nosotros. Todo eso convive con nuestra propia esencia y con la historia que solo nosotros podemos escribir.

Tal vez por eso, cuando me miro al espejo, ya no veo únicamente a la mujer que tengo enfrente. Veo también el reflejo de todas esas almas que, de una forma u otra, han contribuido a convertirme en quien soy. Entiendo que cada país, cada cultura y cada persona que la vida me ha permitido conocer no solo ampliaron mi conocimiento, sino también mi capacidad de comprender, de ser más flexible, más tolerante y más humana. Porque viajar nos cambia los paisajes, pero son las personas las que terminan transformando nuestra manera de ver la vida, gracias a quienes nos prestan un pedacito de su forma de ver el mundo.

Y entonces entiendo que la vida no debe caminarse en soledad. Siempre digo que, acompañados, se llega más lejos. Así que agradece a quienes son un pedacito de ti, a quienes forman parte del reflejo que hoy ves en tu espejo.

Bendita la vida por la gente que nos regala.

Contigo me veo.

Contigo aprendo.

CONTIGO SOY.

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