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LOS SUEÑOS TAMBIÉN SON UN DERECHO

ALICIA GANEM

Hay sueños que nacen en habitaciones llenas de libros, viajes y oportunidades. Pero también existen sueños que brotan en hogares donde la incertidumbre forma parte de la rutina, donde cada día representa un desafío y donde imaginar un futuro diferente requiere una enorme dosis de valentía.

Lo que sí tengo seguro es que hay algo que todas las niñas del mundo tienen en común cuando llegan a este planeta: la capacidad de soñar. Sueñan antes de conocer los límites que otros intentarán imponerles. Sueñan antes de escuchar que ciertas profesiones "no son para mujeres", antes de descubrir que existen desigualdades, antes de aprender que el lugar donde nacieron puede influir en las oportunidades que tendrán.

En sus primeros años, el mundo parece infinito y cada posibilidad cabe en una sonrisa, en un dibujo, en un juego o en una sencilla pregunta: "¿Qué quiero ser cuando sea grande?".

Para algunas, la respuesta cambia cada semana. Un día quieren ser astronautas; al siguiente, veterinarias, artistas, científicas, deportistas, maestras o presidentas. Y todas esas respuestas son igual de valiosas, porque nacen de la imaginación, de la curiosidad y de una convicción que los adultos, muchas veces, olvidamos proteger: la certeza de que todo es posible. Sin embargo, no todas las niñas crecen en las mismas condiciones.

Mientras unas encuentran escuelas, libros, actividades culturales, espacios seguros y personas que las animan a seguir adelante, otras enfrentan realidades mucho más difíciles. Hay niñas que deben abandonar la escuela para cuidar a sus hermanos, trabajar o asumir responsabilidades que nunca debieron corresponderles. Hay quienes viven rodeadas de violencia, discriminación o pobreza. Otras aprenden demasiado pronto a guardar silencio por miedo o porque sienten que nadie escuchará su voz.

Y es precisamente ahí donde los sueños empiezan a apagarse.

No sucede de un día para otro. Es un proceso silencioso. Comienza cuando una niña escucha que sus metas son demasiado grandes para ella. Continúa cuando alguien le dice que no vale la pena estudiar porque "de cualquier forma se casará". Crece cuando observa que las oportunidades llegan para otros, pero no para ella. Poco a poco, deja de imaginar el futuro y empieza a conformarse con sobrevivir al presente.

Esa es una de las pérdidas más profundas que puede sufrir una sociedad. Porque cuando una niña deja de soñar, no solo pierde ella. Perdemos todos. Perdemos a la científica que pudo descubrir una cura. Perdemos a la maestra que habría inspirado a cientos de estudiantes. Perdemos a la emprendedora que generaría empleo, a la artista que conmovería generaciones, a la médica que salvaría vidas, a la ingeniera que construiría soluciones para su comunidad o a la líder que impulsaría cambios positivos para miles de personas.

Cada sueño que se rompe representa un talento que quizá nunca llegue a desarrollarse. Por eso, hablar de los derechos de las niñas no significa únicamente mencionar su derecho a la educación, a la salud o a vivir libres de violencia. También significa reconocer su derecho a imaginar un futuro distinto, a creer que pueden alcanzarlo y a contar con las condiciones necesarias para hacerlo realidad.

Soñar también es un derecho. Porque soñar despierta la esperanza. Soñar impulsa el esfuerzo. Soñar da sentido al aprendizaje. Soñar fortalece la autoestima.

Y cuando una niña sueña, comienza a construir el camino hacia la mujer que un día llegará a ser.

Pero los sueños, por sí solos, no bastan. Necesitan personas que crean en ellos. Necesitan familias que acompañen, docentes que inspiren, comunidades que protejan y organizaciones que generen oportunidades donde antes solo existían barreras.

Basta una palabra de aliento para cambiar una historia. Basta una beca para evitar que una niña abandone la escuela. Basta un taller donde descubra un talento que desconocía. Basta un espacio seguro donde pueda expresarse sin miedo. Basta un adulto que le diga con absoluta convicción: "Confío en ti. Tú puedes".

Nunca sabremos con exactitud hasta dónde puede llegar una niña cuando alguien decide creer en ella. Las grandes transformaciones sociales rara vez comienzan con actos extraordinarios. Muchas veces nacen de gestos sencillos: una mano extendida, una conversación oportuna, una oportunidad que llega en el momento indicado, una persona que decide acompañar en lugar de juzgar.

Detrás de cada mujer que hoy lidera una empresa, dirige un hospital, enseña en un aula, crea una obra de arte, desarrolla una investigación o transforma su comunidad, alguna vez existió una niña que necesitó sentirse capaz. Una niña que necesitó ser escuchada, protegida y alentada para descubrir que su voz también tenía un lugar en el mundo.

Por eso, cuando una sociedad invierte en sus niñas, no está realizando un acto de caridad; está construyendo su propio futuro. Invertir en una niña significa fortalecer una familia. Significa impulsar una comunidad. Significa reducir desigualdades. Significa sembrar esperanza. Y significa apostar por generaciones más libres, más preparadas y más capaces de construir un mundo donde ninguna persona vea limitados sus sueños por haber nacido mujer.

Desde nuestra labor como fundación, somos testigos de que cada niña posee un potencial inmenso. Hemos visto cómo una oportunidad puede devolver la confianza, cómo el acompañamiento transforma la inseguridad en fortaleza y cómo un entorno seguro permite que florezcan talentos que permanecían ocultos. Nuestro compromiso no es solamente atender necesidades inmediatas. Es sembrar posibilidades. Es recordarles que su historia no está definida por las circunstancias en las que nacieron, sino por la fuerza con la que decidan escribir cada uno de sus capítulos. Es acompañarlas para que descubran que su voz importa, que sus ideas tienen valor y que sus sueños merecen ser perseguidos con la misma libertad que cualquier otra persona.

Porque el mundo necesita más niñas que crean en sí mismas. Necesita más familias que las impulsen. Más escuelas que las inspiren. Más empresas que abran oportunidades. Más comunidades que las protejan. Y más personas dispuestas a recordarles, todos los días, que no existen sueños demasiado grandes para quien encuentra una oportunidad y el apoyo para alcanzarla.

Los sueños de una niña no son una ilusión pasajera. Son el punto de partida de los cambios que nuestra sociedad necesita. Cuidarlos, alentarlos y protegerlos también es una forma de defender sus derechos.

Porque cuando una niña descubre que puede soñar sin miedo, comienza a construir un futuro distinto para ella, para su familia y para todos nosotros.

Que ninguna niña tenga que renunciar a sus sueños por falta de oportunidades. Porque el futuro más brillante de nuestra sociedad comienza, siempre, en la imaginación de una niña que alguien decidió creer capaz.

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