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EL ÚLTIMO QUE CERRABA LOS OJOS

CLAUDIO PENSO.-

Durante décadas creyó que el tiempo terminaría por borrar los gritos. No ocurrió. Las noches seguían oliendo a formol y sangre, como si la memoria hubiera aprendido a conservar los cadáveres mejor que cualquier laboratorio.

La historia comenzó en un lugar del que casi nadie hablaba. En las afueras de Harbin, en la Manchuria ocupada por Japón, funcionó la Unidad 731, uno de los capítulos más oscuros de la Segunda Guerra Mundial. Bajo la apariencia de un centro de investigación médica, el Ejército Imperial Japonés desarrolló un programa secreto de experimentación con armas biológicas y químicas utilizando seres humanos como material de laboratorio.

Los prisioneros dejaban de tener nombre. Eran llamados maruta, "troncos". La palabra convertía personas en objetos y facilitaba lo imposible: experimentar sin remordimientos.

Él no era uno de los científicos. Tampoco uno de los militares que diseñaban los experimentos. Su trabajo comenzaba cuando todo había terminado. Recibía los cuerpos, comprobaba una última vez que la planilla coincidiera con el cadáver y sellaba los ataúdes antes de su incineración. Una tarea mecánica que parecía sencilla hasta que descubrió que los muertos conservan una forma obstinada de mirar.

Cada cuerpo contaba una historia distinta. Algunos presentaban quemaduras químicas. Otros habían sido sometidos a congelamiento extremo para estudiar la gangrena. Muchos nunca llegaron a saber por qué estaban allí.

Al finalizar la guerra creyó que también terminaría el horror. Se equivocó. Los edificios podían desaparecer, los documentos podían arder y los responsables podían escapar de la justicia, pero la memoria encontraba siempre la forma de reconstruir el escenario.

Décadas más tarde, historiadores y sobrevivientes permitieron conocer la magnitud de aquella maquinaria clandestina. Se estima que miles de personas murieron en los laboratorios de la Unidad 731 y que los conocimientos obtenidos mediante aquellas atrocidades fueron objeto de negociaciones políticas al finalizar el conflicto, retrasando durante años el reconocimiento público de los crímenes.

El hombre nunca habló demasiado. Sabía que su tarea había sido mínima comparada con la de quienes decidían los experimentos. Sin embargo, cargaba con una culpa silenciosa: era el último en cerrar los ojos de personas a las que nadie volvería a nombrar.

Porque la guerra no siempre termina cuando callan las armas. A veces continúa viviendo en quienes fueron obligados a contemplarla demasiado de cerca.

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