No sé exactamente a qué edad sucede, pero llega un momento en la vida en el que una comienza a sospechar que impresionar a todo el mundo es demasiado cansado.
Tal vez aparece después de usar zapatos incómodos durante demasiadas horas, aceptar demasiados planes por compromiso o fingir interés en demasiadas conversaciones que pudieron haber sido un mensaje de WhatsApp.
Durante mucho tiempo nos preocupa muchísimo cómo nos ven los demás. Queremos parecer inteligentes, interesantes, exitosas, divertidas, arregladas, tranquilas y, por supuesto, perfectamente equilibradas.
Queremos que se note que tenemos todo bajo control, aunque cinco minutos antes hayamos buscado desesperadamente unos lentes que llevábamos puestos.
Nos vestimos pensando si algo "se usa". Aceptamos invitaciones para no parecer antisociales. Nos quedamos más tiempo del que queremos para no ser las primeras en irnos. Incluso decimos que conocemos una canción, una película o un restaurante para no quedar fuera de la conversación.
Hasta que un día algo cambia. Un día eliges los zapatos cómodos. Otro día dices que no conoces esa serie de la que todos hablan y sobrevives a la confesión.
Más adelante te vas temprano de una reunión porque estás cansada y descubres que, después de tu partida, la fiesta continuó perfectamente sin que nadie organizara un comité de investigación.
Creo que madurar también consiste en aceptar que no necesitamos gustarle a todo el mundo. No porque dejemos de valorar la opinión de los demás, sino porque finalmente comenzamos a valorar también la nuestra.
A mí sí me importa causar una buena impresión. Me importa ser educada, considerada y respetuosa. Pero cada vez me interesa menos construir una versión de mí misma diseñada para satisfacer las expectativas de todas las personas que conozco. Porque, además, es imposible.
Para algunos seremos demasiado calladas y para otros demasiado habladoras. Algunas personas pensarán que somos muy serias y otras que hacemos demasiadas bromas. Unos dirán que trabajamos demasiado y otros que deberíamos hacer más.
Intentar cumplir simultáneamente con todas esas opiniones es como tratar de seguir un mapa dibujado por veinte personas que quieren llegar a lugares distintos.
Con los años también descubrimos algo liberador: la mayoría de la gente está demasiado ocupada pensando en sí misma como para analizarnos tanto como imaginamos.
Ese error que repetimos mentalmente durante tres días probablemente pasó inadvertido. Ese comentario que creemos que sonó absurdo quizá nadie lo recuerda. Y ese conjunto de ropa que dudamos una hora en usar no modificó el rumbo de la humanidad. Qué alivio.
La libertad de dejar de impresionar no significa abandonar el cuidado personal, perder la curiosidad o dejar de crecer. Significa hacer las cosas porque tienen sentido para nosotras, no únicamente porque generarán aprobación.
Es vestirme de una manera que me haga sentir bien. Es reconocer cuando no sé algo. Es cambiar de opinión sin sentir que debo defender para siempre una versión antigua de mí misma.
Es elegir a las personas con las que puedo ser auténtica, incluso en esos días en los que no soy especialmente brillante, divertida ni encantadora.
También significa comprender que ser querida por todos no es una meta realista. Algunas personas simplemente no conectarán conmigo. Y eso no significa que alguna de las dos esté mal. Quizá somos estaciones de radio distintas y no tenemos por qué transmitir en la misma frecuencia.
Antes podía sentir que debía esforzarme para modificar esa impresión. Ahora pienso: no pasa nada. Hay muchísimas personas en el mundo. Seguro encontraremos a alguien más con quien platicar.
La edad me ha quitado algunas cosas: cierta tolerancia a desvelarme, la capacidad de recuperarme rápidamente después de una noche larga y, aparentemente, la posibilidad de leer letras pequeñas sin alejar el teléfono.
Pero también me ha regalado algo maravilloso: la tranquilidad de saber quién soy.
Todavía quiero aprender, mejorar y convertirme en una mejor versión de mí misma. Solo que ya no quiero hacerlo para recibir aplausos.
Quiero hacerlo para sentirme en paz cuando estoy sola conmigo.
Y eso, aunque tal vez no impresione a todo el mundo, a mí me parece bastante impresionante.
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