DÓNDE ESTÁ EL REY
En Tailandia, el rey está en todas partes. Su retrato cuelga de edificios públicos, oficinas, comercios y hogares. Su rostro aparece en ceremonias, calles y documentos oficiales. Sin embargo, durante años hubo una pregunta incómoda detrás de tanta presencia: ¿dónde estaba realmente el rey?
Bangkok puede ser una ciudad de millones de habitantes, pero hay preguntas que parecen no tener respuesta.
Una de ellas es sencilla:
-¿Dónde está el rey?
El rostro de Maha Vajiralongkorn está por todas partes. El décimo monarca de la dinastía Chakri, conocido como Rama X, heredó el trono después de la muerte de su padre, Bhumibol Adulyadej, en octubre de 2016. Su reinado comenzó entonces, aunque la coronación se realizó casi tres años después, en mayo de 2019, en una fastuosa ceremonia en el Gran Palacio de Bangkok.
Pero la historia de este rey tiene una particularidad que durante años sorprendió al mundo: Alemania se convirtió en una especie de segunda residencia real.
Vajiralongkorn pasó largos períodos en Baviera. Llegó a tener una villa junto al lago Starnberg, en Tutzing, y sus prolongadas estadías llegaron a provocar un problema diplomático. En 2020, el entonces ministro de Relaciones Exteriores alemán, Heiko Maas, advirtió que las actividades políticas relacionadas con Tailandia no debían realizarse desde territorio alemán.
La escena tenía algo de insólito.
Un monarca asiático gobernando un país situado a miles de kilómetros mientras residía en Europa.
Mientras tanto, en Bangkok, su rostro seguía mirando a los ciudadanos desde las paredes.
La distancia geográfica contrastaba con una presencia simbólica absoluta.
EL SILENCIO
En Tailandia existe, además, una legislación que convierte cualquier conversación sobre la monarquía en un terreno delicado.
El artículo 112 del Código Penal -la llamada ley de lesa majestad- establece penas de entre tres y quince años de prisión para quien difame, insulte o amenace al rey, la reina, el heredero o el regente.
La norma no solo castiga determinadas expresiones. También ha generado, según organizaciones de derechos humanos, un clima de autocensura.
Human Rights Watch señala que desde el golpe militar de 2014 al menos 284 personas habían enfrentado cargos de lesa majestad dentro de un universo mucho mayor de procesados por ejercer derechos relacionados con la libertad de expresión y reunión.
Por eso, cuando alguien intenta hablar del rey, puede ocurrir algo curioso.
La conversación se detiene. La mirada cambia. Aparece una sonrisa incómoda.
Y el tema se desvía hacia otra cosa. No necesariamente porque exista admiración.
A veces, simplemente, porque existe miedo.
UN REY OMNIPRESENTE
La paradoja tailandesa está allí.
El rey puede ser omnipresente y, al mismo tiempo, distante.
Su retrato está en las paredes. Su nombre está en las ceremonias. Su figura está incorporada a los rituales del Estado. Pero su vida privada permanece detrás de una enorme frontera de silencio.
Y esa frontera no se levanta solamente con muros. También se construye con leyes.
El padre de Vajiralongkorn, Bhumibol Adulyadej, reinó durante siete décadas y llegó a convertirse en una figura excepcionalmente venerada. Su muerte, el 13 de octubre de 2016, abrió una nueva etapa para la monarquía tailandesa.
Su hijo heredó la corona, pero heredó también algo mucho más difícil de recibir: la comparación.
Compararlo con un padre que reinó durante 70 años es, en cierta forma, medir un reinado contra una época entera.
EL REY QUE VOLVIÓ
La imagen del monarca viviendo en Alemania pertenece sobre todo a los años anteriores a 2020.
En octubre de aquel año, Vajiralongkorn regresó a Tailandia. Desde entonces, la cuestión ya no es literalmente dónde vive el rey, sino otra, quizá más interesante: ¿qué lugar ocupa el rey en la Tailandia contemporánea?
Las protestas prodemocracia de 2020 habían puesto en escena algo que durante mucho tiempo había sido difícil de expresar públicamente. Jóvenes que reclamaban reformas de la monarquía y cuestionaban los límites de su poder. La discusión dejó de ser solamente sobre un hombre y comenzó a ser sobre una institución.
Y allí aparece la verdadera paradoja. Tailandia no tiene un rey invisible.
Tiene un rey cuyo rostro puede verse todos los días.
Lo que muchas veces resulta invisible es lo que los ciudadanos piensan cuando lo miran.
Porque en un país donde una frase puede llevar a una persona a prisión, el silencio también puede convertirse en una forma de respuesta.
Quizá por eso la pregunta "¿Dónde está el rey?" tenga dos respuestas.
La primera es geográfica. La segunda es mucho más profunda.
Está en las paredes, en las ceremonias, en los billetes, en los rituales y en la imaginación colectiva.
Pero para saber dónde está realmente habría que preguntar qué piensa de él su pueblo.
Y esa es, justamente, la pregunta que muchos prefieren no contestar.
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