Durante mucho tiempo creí que tener carácter significaba responder. Si alguien decía algo injusto, había que aclararlo. Si alguien escribía un comentario incómodo, había que contestarlo. Si alguien malinterpretaba una situación, había que explicar detalladamente lo sucedido hasta que comprendiera mi punto de vista, ofreciera una disculpa y, de ser posible, firmara una declaración reconociendo que yo tenía razón.
La teoría sonaba muy bien. El problema era que terminaba agotada.
Hay discusiones que comienzan con una frase pequeña y, cuando una se da cuenta, lleva cuarenta minutos escribiendo mensajes, consultando capturas de pantalla y reconstruyendo una conversación como si estuviera presentando un caso ante la Suprema Corte.
Y todo porque alguien puso: "Bueno, si tú lo dices".
Con el tiempo he entendido que no todo merece mi reacción.
No todo comentario necesita una respuesta. No toda provocación necesita una defensa. No toda persona que me interpreta mal necesita una explicación personalizada de mi historia, mis intenciones y mi árbol genealógico.
Algunas veces el silencio no significa falta de carácter. Significa que decidí no regalar mi tranquilidad.
Esto no quiere decir que debamos quedarnos calladas ante una injusticia importante o evitar conversaciones necesarias. Hay momentos en los que hablar es indispensable, especialmente cuando se trata de poner límites, defender a alguien o resolver un conflicto con una persona que nos importa.
Pero existe una diferencia enorme entre una conversación que puede construir algo y una discusión cuyo único destino es consumir energía.
Yo estoy tratando de aprender a reconocerla.
Antes de responder, intento preguntarme: ¿Esta conversación puede llegar a algún lugar? ¿La otra persona realmente quiere entenderme o solamente quiere tener la última palabra? ¿Esto seguirá siendo importante mañana? Y, sobre todo, ¿vale la pena alterar mi paz por esto?
A veces la respuesta es sí. Pero muchas otras es un rotundo no.
También he descubierto que responder inmediatamente casi nunca ayuda. Cuando estamos molestas, nuestro talento literario aumenta de manera peligrosa. Escribimos frases brillantes, contundentes y absolutamente innecesarias.
Yo he redactado mensajes que, afortunadamente, nunca envié. Pequeñas obras maestras del enojo que probablemente habrían destruido relaciones, iniciado guerras y terminado expuestas en una captura de pantalla.
Ahora trato de esperar. Respiro, camino, dejo el teléfono y vuelvo más tarde. Con frecuencia, después de un rato, aquello que parecía una emergencia emocional se convierte en algo mucho más pequeño.
O simplemente deja de importarme.
Elegir no reaccionar también me permite recordar que no puedo controlar lo que los demás piensen de mí. Puedo actuar con respeto, explicar cuando sea necesario y corregir mis errores. Pero no puedo entrar en la cabeza de cada persona y reorganizar su opinión hasta que coincida con la mía.
Qué agotamiento sería.
La paz no consiste en vivir sin conflictos. Consiste en aprender cuáles conflictos merecen nuestra participación.
Hoy trato de cuidar mi energía como cuido mi batería del celular. No la gasto en cualquier aplicación abierta. Cierro algunas ventanas, silencio ciertas notificaciones y, cuando es necesario, activo el modo avión emocional.
No siempre lo logro. Hay días en los que respondo más de lo necesario y después pienso: "Esto pudo haberse resuelto perfectamente con un visto".
Pero poco a poco estoy aprendiendo que no responder también es una decisión.
No es rendirme. No es permitir que otros ganen. Es recordar que mi tranquilidad vale más que demostrar que tengo razón en cada conversación.
Porque algunas batallas se ganan hablando. Y otras, sencillamente, se ganan no entrando.
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