Su vida hasta ahora era común y corriente, con alegrías y tristezas, sin grandes sobresaltos. Hasta el día en que su esposo la dejó "en visto"; de la nada, dejó una conversación inconclusa sobre qué cenar más tarde. No le dio mucha importancia porque a veces pasa cuando se ocupa: "Al rato lo verá", pensó.
Dieron las 6 de la tarde, no recibió respuesta y él no llegó a casa. Pasó una hora, luego dos, y tampoco contestó las llamadas. Se enojó: «De seguro se fue a tomar unas cervezas con su compadre, pero caramba, por lo menos debería avisarme».
Llegaron las 10 de la noche y le marcó al compadre: -No, comadre, conmigo no ha hablado en todo el día.
Le marcó al trabajo, sonó el conmutador y nadie respondió. Marcó a casa de su suegra y, para no mortificarla, preguntó disimuladamente cómo estaban o qué habían comido. Nadie mencionó a su marido. Cenó sola con sus hijos, los metió a la cama y se fue a acostar entre enojada y preocupada. Ya mañana hablaremos.
Pero él nunca regresó. Habló con su familia, sus amigos y en su trabajo: nadie lo había visto. Fue a la policía a denunciar la desaparición y le pidieron esperar más horas. Le preguntaron si se habían peleado, si él tenía una amante, a qué se dedicaba o si ella sabía todo lo que hacía; le insinuaron que seguro en algo malo andaba. Le dijeron que buscara la última ubicación en la nube del celular, pero no tenía idea de cómo hacerlo. No entendía qué estaba pasando.
Pasaron los meses y el mundo no se detuvo, pero para ella y su familia todo se volvió de cabeza. Logró contactar a una organización civil que la apoyó a interponer denuncias, aportar pruebas de ADN y sortear la burocracia estatal. Como pudo, investigó qué pasó; sospecha que el crimen organizado está involucrado, pero no tiene certezas. Le da pavor indagar más y no sabe qué hacer.
Tuvo que conseguir otro trabajo porque no le alcanzaba. Sin un documento que acredite el fallecimiento de su esposo, no puede cobrar su seguro de vida, ni hacer uso de los ahorros en común, ni tramitar el pasaporte de sus hijos porque el padre no está para firmar.
Esta es la historia de miles de personas que viven en la incertidumbre de la desaparición, uno de los crímenes más atroces. En México hay más de 130,178 personas registradas como desaparecidas según las cifras oficiales, aunque sabemos que la cifra real es mucho mayor.
El 30 de agosto se conmemora el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Recordamos a todas las personas que ya no caminan con nosotros, pero cuyos pasos permanecen en la memoria de quienes los buscan con dignidad para encontrar la verdad que les fue arrebatada.
Dejemos de ver estos casos como simples cifras; empecemos a verlos como historias de personas reales que tuvieron voz, sentimientos, familia, amigos, risas, sueños y preocupaciones. Nos debe doler a todos no saber dónde están miles de mexicanos.
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