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FELICES VACACIONES

ALMUDENA GIL

Llegó el verano: ese momento en el que la mayoría aprovechamos para el descanso, para recargar la batería, para desconectar. También es el momento en el que muchos nos damos cuenta de que no fue suficiente. Que hay algo que no termina de funcionar. Que tardamos varios días en desconectar de verdad y que para cuando lo hemos conseguido ya casi es tiempo de hacer las maletas y regresar a la cotidianidad. Y entonces surgen posibles hipótesis: 1) el nivel de agotamiento acumulado era demasiado alto y unos días o incluso un par de semanas no bastan; 2) la desconexión fue una mera ilusión, mi mente nunca se fue de vacaciones; o 3) las vacaciones en verano están sobrevaloradas: hay demasiada gente y es difícil escapar del caos y disfrutar de verdad.

Probablemente la respuesta sea una combinación de las tres cosas: estamos demasiado cansados, patológicamente enganchados a nuestras obligaciones y el ruido del mundo nos acompaña a todos lados. Necesitamos urgentemente encontrar espacios genuinos de disfrute, paz y reconexión con nosotros mismos.

En esta pequeña última frase ya aparecen pistas de la solución. Las vacaciones, como la felicidad, no son un "destino" -algo a lo que llegas eventualmente tras un camino largo y lleno de esfuerzo-. Tenemos la oportunidad de buscarlas en la cotidianidad, en las pequeñas cosas, en momentos y no en los aeropuertos. Pero, incluso para el disfrute necesitamos tres ingredientes mágicos: la toma de conciencia, la reflexión y la decisión. Tomar conciencia de nuestro estado en la cotidianidad es el punto de partida y en este punto hay preguntas a veces incómodas que hay que enfrentar acerca de todo lo que la llena y en cómo y en qué ponemos nuestra energía y nuestro tiempo, esas dos variables finitas vitales que lo marcan y definen todo. Y es muy posible que incluso en este punto sientas que estás donde quieres estar y con quien quieres estar. Pero si entendemos el término "vacaciones" como un componente necesario diario, es posible que en tu agenda no aparezca ningún espacio para ellas. Una vez cumplidas las cinco reuniones, el working lunch, la logística del "hogar" y el tráfico, en muchos casos solo queda tiempo para delegarle al sofá y a Netflix algún estímulo que le dé carpetazo al día y le ceda el turno al sueño, que no siempre es suficiente ni todo lo reparador que debería. Esta es nuestra "zona de confort" -aunque no sea ideal, aunque la tenga secuestrada el estrés y las prisas, aquí es donde hemos aprendido a estar cómodos-. No es una comodidad placentera, pero sí es un lugar en el que no hay que esforzarse por ocupar, un lugar en el que sabemos estar. Y es también aquí donde empieza la toma de conciencia real y la posibilidad de querer mejorarla. Cambiar es el verbo más difícil de conjugar porque depende exclusivamente de las decisiones y acciones que tomamos en primera persona en nuestra vida. Pero es una decisión necesaria. No se trata de cambios radicales como cambiar de profesión, de pareja o de país -en la gran mayoría de los casos estas decisiones son más sencillas de lo que parece-. Hay pequeños pasos que con constancia provocan cambios positivos duraderos y que están al alcance de todos.

Los síntomas que nombramos en el inicio de este pequeño artículo demuestran simplemente un desequilibrio vital demasiado cargado del lado de las responsabilidades y los deberes que tan estoicamente hemos aceptado con resignación. Para recobrar o nivelar un poco la balanza tenemos que tratar a nuestra vida fuera del trabajo con la misma disciplina y sentido del deber que le damos a la otra. Hay que agendarnos reuniones con nosotros mismos, sesiones de networking con los nuestros (socializar) y tiempo de descanso de calidad. Y hacer que aparezcan en blanco y negro en la agenda con carácter de importancia. Elige conscientemente tres cosas:

¿Qué actividad fuera de lo profesional disfrutas especialmente? ¿El cine, la lectura, el pádel? Identifica el tuyo y asegúrate de agendarte al menos dos espacios a la semana para hacerlo -es aquí donde reconectas contigo mismo.

Identifica tus espacios sagrados en familia/pareja en tu día a día -puede ser el momento del desayuno o la cena. Una vez identificados, convierte estos espacios con conciencia en un momento para aprovechar y valorar que la tienes, sin móviles, sin distracciones. Asegúrate además de que sean espacios "sagrados", como si de la junta del comité se tratara, porque es aquí donde se teje y se hace fuerte tu corazón; y

crea una rutina para prepararte para descansar -puede incluir una copa de vino y un momento para conversar y repasar el día con tu pareja, 15 min de meditación o una lectura ligera de un buen libro de los de antes que no aparecen en una pantalla luminosa que nos sabotea el cerebro y le impide entender que es hora de descansar. Esto es importante porque es aquí donde recargas tu energía.

Estas tres decisiones deben aparecer en tu agenda de forma visible, de lunes a viernes.

Para el fin de semana, simplemente intenta hacer algo diferente al menos una vez al mes -una escapada a una hora de tu ciudad a algún lugar nuevo, un picnic en plena naturaleza o una buena obra de teatro. Las opciones son inmensas, la única regla es evitar rutinas de fin de semana que a la larga las hacen predecibles.

Si te das cuenta, nada de lo que he mencionado requiere un presupuesto que "desestabilice" tus gastos. La única inversión que requiere es la conciencia y la disciplina para llevarlo a cabo, utilizando tus dos variables críticas finitas, es decir tu tiempo y tu energía, en equilibrio.

Si lo consigues, cuando llegue el momento oficial para tomar las vacaciones de verano, las disfrutarás más porque será allí en donde descubras visiones y emociones libres de agotamiento, sin adicciones a los deberes y serenas, aunque el mundo exterior y su ruido se hayan apuntado al mismo plan.

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