Hay personas que saben la respuesta y prefieren callarla.
Tienen una buena idea, pero dejan que la reunión termine sin compartirla. Podrían mejorar un proceso, proponer algo diferente o resolver un problema, pero antes de levantar la mano aparece una pregunta silenciosa:
"¿Qué van a decir los demás?"
¡Que quiere protagonismo! ¡Que busca quedar bien con el jefe! ¡Que se cree más que sus compañeros! ¡Que si esto, que si aquello, que si demuestra todo lo que sabe hacer terminarán asignándole todavía más trabajo!
Entonces decide mantener un perfil bajo.
No porque no tenga talento, sino porque aprendió que, en ciertos lugares, esconderlo resulta más cómodo que defenderlo.
Lo curioso es que esto no ocurre únicamente en el trabajo. Hay personas que cocinan extraordinariamente y casi nadie ha probado uno de sus platos. Otras saben enseñar, escribir, escuchar, organizar, cuidar, reparar, crear, cantar o hacer reír, pero guardan esas capacidades como si fueran objetos reservados para una ocasión especial.
Y la ocasión especial nunca llega.
A veces lo digo medio en broma:
"¡No te guardes nada! Esto es una competencia… casi un reality show".
Pero no compites contra el compañero de al lado, contra quien publica sus logros en redes sociales ni contra quien parece avanzar más rápido. La única competencia que realmente vale la pena es con esa versión de ti que ayer decidió empequeñecerse para no incomodar.
Porque también existe una forma silenciosa de renunciar: dejar de utilizar aquello que sabemos hacer.
Nos han enseñado a pensar el desarrollo casi exclusivamente desde lo profesional. Acumulamos cursos, cargos, certificaciones, títulos y nuevas responsabilidades. Todo eso puede ser valioso, pero crecer no consiste solamente en mejorar el currículum.
El desarrollo profesional suele preguntarnos: "¿Qué más puedes demostrar?".
El desarrollo personal nos plantea algo mucho más profundo: "¿En quién te estás convirtiendo y qué estás haciendo con lo que eres?".
Quizá dentro de ti existe un chef que solo aparece algunos domingos. Una persona capaz de enseñar algo que para ella parece sencillo, pero que para alguien más podría cambiarlo todo. Tal vez tienes una historia que podría acompañar a quien atraviesa un momento difícil, una idea que podría mejorar tu comunidad o una habilidad que nunca has puesto al servicio de los demás porque todavía no te sientes lo suficientemente bueno.
Pero el talento no siempre desaparece de golpe.
A veces simplemente se atrofia de tanto esperar.
Ahora bien, no guardarte nada tampoco significa entregarte hasta quedar vacío. Dar lo mejor no es darlo todo. No es responder mensajes a medianoche, aceptar cada responsabilidad, competir permanentemente, demostrar que puedes con todo o, peor aún, actuar como si lo supieras todo.
Hay días en los que dar lo mejor significa crear y liderar. Otros, aprender y escuchar. Y algunos, reconocer que necesitamos descansar, pedir ayuda o decir que no.
El equilibrio no disminuye nuestro talento; permite que podamos sostenerlo.
Las organizaciones también tienen responsabilidad en esta conversación. Cuando a la persona más competente se le recompensa únicamente con más carga de trabajo, aprende a esconder lo que sabe. Cuando una idea distinta se ridiculiza, la creatividad se convierte en silencio. Cuando equivocarse tiene un costo demasiado alto, pasar inadvertido parece la opción más segura.
Por eso necesitamos culturas donde aportar no represente sacrificar la salud, la familia o la vida personal. Espacios donde exista confianza para proponer, flexibilidad para contribuir de maneras diferentes y responsabilidad para reconocer el valor que cada persona pone sobre la mesa.
El talento florece cuando encuentra seguridad, propósito y posibilidades para compartirse.
Tal vez la vida no nos está pidiendo hacer algo extraordinario todos los días. Quizá solo nos está pidiendo dejar de ocultar lo que ya existe dentro de nosotros.
Preparar esa receta. Compartir esa idea. Enseñar aquello que sabemos. Retomar el instrumento. Escribir la primera página. Escuchar a alguien con verdadera presencia. Poner nuestra capacidad al servicio de una persona, una organización o una causa.
Porque la vida no comienza cuando tengamos más tiempo, más reconocimiento o menos miedo.
La vida es ahora.
Y mientras llega nuestro próximo encuentro, quiero dejarte dos preguntas:
¿Qué talento sigues guardando para después?
¿Quién podría beneficiarse si decidieras compartirlo hoy?
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